Bio

Periodista y editor. 
Perú.
Virgo. 
Es editor en la empresa de comunicaciones Cometa.
Ha Publicado el libro de crónicas Día de visita, en editorial Aguilar.
Fue editor y director de la revista de crónicas Etiqueta Negra.
Colabora con varias revistas de América Latina y Europa.
Algunas de sus historias pueden leerse en cronicasperiodisticas.wordpress.com

Posts

El primer periódico en blanco

Una mañana no tan lejana saldremos de casa, pasaremos enfrente de un puesto de diarios y allí ‒en medio de padres que violan a sus hijas, congresistas que regentan prostíbulos y ovnis que vacacionan en la Tierra‒ nos sonreirá un periódico con las páginas en blanco. La mejor noticia será que no traerá noticias. Su portada inmaculada será una ventana de luz en medio de una pared colorinche, un salvavidas flotando en un derrame tóxico de tinta. Al ver ese tabloide limpio brillando en la calle ruidosa, los apurados transeúntes entrarán en contacto con una fuerza inusual: la extraña poesía del papel virgen. Esta energía existe y es similar a la que se siente al pasar de un extremo de la realidad a otro: de diez horas de bulla a un minuto de silencio; de las cloacas de la ciudad a una gota de perfume; de decenas de periódicos gritando cosas de mal gusto a una hoja en blanco calladita.

            La única parte graciosa de la historia es que el proyecto va en serio. El periódico en blanco se publicará y, con las estrategias de márketing adecuadas, será un éxito de ventas. Es decir, las personas que pasaremos frente al kiosko esa mañana seremos poseídas por la inocente sonrisa de ese tabloide y, acto seguido, lo compraremos para no informarnos.

            El proyecto nació esta semana como una provocación que echamos a andar en las redes sociales. En cuestión de minutos ‒un amigo y yo somos los padres de la criatura‒ empezamos a recibir mensajes de interés y apoyo.

Paco Moreno: En blanco. Negocio redondo; pero, cuidado, no totalmente en blanco. Hay que poner el precio.

Daniel Jiménez: Yo me animo a vender los clasificados, en blanco.

Antonio Escalante: La cámara puede capturar el blanco más puro

Silvia Arévalo: Yo quiero escribir para ese periódico!! ;)

Víctor Rafael Aguilar: Por fin podré leer lo que me dé la gana!

Enrique Sánchez Hernani: Hay que avisarle al poeta español Félix Grande, que escribió un libro premonitorio llamado ‘Blanco White’.

Moisés Ávila: Puedo apoyar desde aquí. Vivo en la nación que es “blanco” de la artillería peruana (aunque ese es otro blanco, pero te lo puedo contar divertidísmo, en una hoja en blanco).

Elizabeth Salazar: Bien! A darle real utilidad al papel. Ya me cansé del amarillo.

Juan Yangali: Hola. Soy corrector de textos. Es importante cuidar, más que el correcto uso idiomático, la buena presentación de los escritos invisibles.

Luis Morocho: Un periódico en blanco es un espacio perfecto para empezar a dibujar.

            Hay tantos lectores insatisfechos refugiados en internet, tantos escritores y artistas navegando en Facebook en busca de una islita donde publicar, hay tanta gente que ya no compra periódicos porque les resulta ilógico salir de la web para emprender un viaje al pasado. No es que los medios impresos sean el pasado. Al contrario, el papel tiene tanto futuro como las pantallas. El pasado es ese tipo de periodismo escrito que quiere tomarte el pelo de diversas maneras: 1) te cuenta historias que ya conociste un día antes por la tele o la radio o la web; 2) pretenden explicarte lo complejo del mundo en cuadraditos de cien palabras; 3) los textos están escritos con tan poca imaginación que logran aburrirte desde la primera frase, como si en vez de redactores los hubieran tecleado boxeadores en penitencia.

Pensemos un momento: ¿Qué hace un televidente ante un programa que no le gusta? Zapping. El lector es aun más drástico. Bosteza y esconde su billetera. Nadie quiere pagar por algo que no justifica su dinero, así hablemos de cincuenta céntimos. El mercado ofrece golosinas muy buenas por ese precio.

***

            Entonces un periódico en blanco. Página tras página sin noticias. Verlo, leerlo y tocarlo será una oportunidad de reencontrarnos ‒autores y lectores‒ con ese punto cero donde todo puede comenzar de nuevo. Sólo hay que dejar volar la imaginación. ¿Qué podrías contar en 32 ó 48 ó 96 páginas en blanco? ¿Qué te gustaría leer en ese espacio virgen? ¿Cómo son las fotos que te gustaría contemplar allí?

Hice una prueba con mi sobrino de once años. Le entregué un boceto del periódico en blanco y luego un diario con la obligatoria noticia de Rosario Ponce en la portada. Le dije que los usara como mejor le pareciera, pero le prohibí incluir en sus actividades el tacho de basura. A la semana siguiente, el primero estaba lleno de dibujos, chistes y calcomanías de grupos de rock. El segundo yacía doblado en el fondo de su armario. Ni siquiera lo había abierto. Como no podía botarlo ‒me dijo‒ lo escondió para que no le estorbara. Ambos productos eran papel. Pero uno de ellos se había convertido en basura.

            Hay periódicos que valen menos cuando están impresos. Si vinieran en blanco podrían ser usados como mi sobrino utilizó esas páginas. Incluso podrían aspirar con justicia a costar un poco más.

            La crisis del periodismo impreso no es la crisis del papel. Es la crisis de los periodistas, por un lado, y también de las empresas del siglo XX (y aún antes) que no pueden sostener la enorme infraestructura que construyeron. Ante ese dilema económico, muchos medios apostaron por reducir los costos de producción de contenidos: periodistas baratos, historias que se consiguen haciendo entrevistas por teléfono, textos hechos con insumos online y, de vez en cuando, un safari a la realidad disfrazado de gran «exclusiva». Pero esto que puede ser ideal para un portal gratuito de internet, resulta fuera de lugar cuando se imprime. El periodismo barato le hace mala publicidad al papel. La gente dice con justicia: ¿para qué voy a comprar información que puedo encontrar antes y gratis en internet? Los románticos dirán: es que el papel huele, tiene textura y nada se compara con tenerlo entre las manos. En efecto es así, pero cuando el contenido es malo, nada de lo otro importa.

            Lo curioso es que cuando este problema universal ha llegado a un punto dramático también comienzan a florecer las soluciones. En eso consisten las crisis. Primero todo parece un laberinto sin salida. Luego, ya no. Así que mientras los grandes medios impresos se ahogan en las megaciudades, las respuestas nacen muy cerca del desastre. Cientos de pequeñas empresas y editoriales independientes aparecen en todo el mundo ‒como si la crisis hubiera dado paso a un big bang creativo‒ y ponen en duda lo que se repitió con tanto pesimismo durante la década pasada: ¿La gente no lee?

            ‒Pamplinas. Cojudeces. Bullshit.

            La revolución es invisible aún porque trae consigo un nuevo modelo de empresa: una que renuncia de manera racional a parte de la infraestructura (menos edificios, menos oficinas, menos alfombras) para apostar por lo que realmente es útil para los lectores: mejores contenidos, mejores textos, mejores fotografías, mejores profesionales, mejores artistas, mejores honorarios. No importa si un periódico o revista lo hacen tres editores en un café público junto a veinte colaboradores conectados a internet desde veinte lugares diferentes de la ciudad, del país o del planeta. Lo único que vale es el resultado. Lo que diga el lector de ese trabajo.

El periodismo impreso consiste en añadirle valor al papel a través del contenido. No en quitárselo.

Los escritores, periodistas, artistas, emprendedores, publicistas y todos los que comparten esta filosofía son bienvenidos a colaborar en el primer periódico sin contenido del mundo. La tripulación recibe todo tipo de propuestas en el siguiente correo: contacto@cometacomunicacion.com. También en mi Facebook. Y recuerden lo más importante: no es una broma. El Periódico en Blanco es un proyecto que quiere ubicarse en la fase final de la crisis. En el momento exacto en que ‒motivados por las páginas sin imprimir‒ los editores empecemos a entender que el futuro de nuestro oficio consiste en hacerlo todo de nuevo pero mejor.

CIRO CASTILLO Y EL PRÍNCIPE DE PERSIA

Los eruditos sobre celebridades intentan averiguar desde hace casi dos años cuál es la estatura real del actor Jake Gyllenhall.

Él ha protagonizado algunas películas malas, como El Príncipe de Persia, pero nada ha motivado tantas críticas en su contra como la verdad sobre su tamaño. Su página web oficial dice que mide seis pies, pero la prensa especializada duda de esta información. Un día alguien se paró cerca de él en una fiesta y lanzó la primicia: yo mido 5,8 y Gyllenhall sólo una pulgada más, dijo la fuente anónima. Desde entonces, los reporteros inspeccionan archivos, estudian fotografías, recogen más testimonios. La página web CelebrityHeights resume los avances en once páginas de evidencias.

En seiscientos días transcurridos desde el inicio del rumor, Estados Unidos encontró a Osama Bin Laden, un terremoto activó los reactores nucleares de Japón, el dictador de Libia murió como un hoollygan en manos enemigas, pero ningún reportero ha podido averiguar la verdad sobre Gyllenhall. El actor tampoco ha querido dar una conferencia para apaciguar la ansiedad de los periodistas. Quizá le provoque un comprensible gozo.

Los titulares, los posts, los tweets y los enlaces sobre su estatura se amontonan en la Internet como basura en el ciberespacio. Es un tipo de periodismo.

***

A veces los periodistas se obsesionan con ciertos temas. Allá es el actor de Príncipe de Persia. Acá un drama familiar.

***

Una pareja de estudiantes fue de excursión a un cañón de los Andes y se perdió. Ella apareció diez días después. Él no. En las semanas siguientes, 28 millones de personas empezaron a tener la sensación de que algo más extraño que la desaparición había ocurrido allí. No existía ninguna certeza, pero sí muchos periodistas.

Los televidentes tomábamos el desayuno mientras conocíamos los detalles: la muchacha tenía un niño pequeño, estaba tomando antidepresivos, tenía un carácter voluble. Quizá pelearon durante el viaje. Quizá ella lo golpeó. Quizá fue con una pala. Quizá él cayó.

O quizá no cayó. Tal vez ella no lo golpeó. Tal vez ni siquiera pelearon.

Los días pasaban, las estaciones se sucedían (verano, otoño, invierno, primavera), un gobierno terminó, otro comenzó, pero la noticia más importante era lo que no ocurría en aquel cañón: el muchacho no aparecía. La acompañante tampoco confesaba, aunque nadie sabía bien qué era lo que debía confesar.

Los periodistas producían pistas importantes. Las conocíamos en la radio, en los titulares de los diarios, en la televisión. Un día un reportero descubrió oro en polvo. Un mensaje de texto. «Precioso ‒le había escrito la muchacha a su enamorado perdido‒, quiero romper el catre contigo». Aquella frase circuló con la seriedad de un perfil psicológico, y confirmó dos cosas: 1) la historia era un monstruo en potencia; y 2) es recomendable borrar cuanto antes los mensajes que le envías a tu pareja.

Durante doscientos tres días, los peruanos llegamos a casa, calentamos la cena, encendimos el televisor, y comimos mientras la historia evolucionaba. La madre del muchacho lloraba ante las cámaras, el padre exigía a la policía que no dejara de buscar a su hijo, la muchacha respondía las preguntas pero no confesaba lo que los periodistas querían. Parecía estar bajo los efectos de los ansiolíticos que tomaba. Los presentadores de la televisión, por su parte, parecían estar bajo los efectos de una droga que acrecentaba su falta de imaginación. De tanto contar la misma historia ‒con la misma información, con los mismos personajes, con las mismas dudas‒ terminaron aburriendo a su público más cautivo: sus propios colegas.

Algunos periodistas propusieron en Facebook celebrar un día sin noticias, hartos de lo que llaman «el circo mediático», de las «noticias distorsionadas», de «los cadáveres en las portadas». Y lo que empezó como una historia de dolor y resistencia familiar, se transformó en un reality show sobre la decadencia del oficio. Más bien, de aquellos periodistas que viven de la duda.

Algunos reporteros que de vez en cuando nos atrevíamos a ver los informativos locales establecimos alrededor de ellos un cerco definitivo como el que se crea para aislar una epidemia: también el mal periodismo se contagia.

Recuerdo que un día volví a ese tercer mundo informativo. Era una mañana de mayo. Una conductora conversaba con un vidente. Escuchaba con atención, y estrechaba las manos sobre el pecho como quien está a punto de rezarle a un oráculo. El hombre llevaba el pelo engominado, una corbata llamativa y sostenía una fotografía del estudiante desaparecido:

‒No me atrevería a decir que está muerto ‒dijo refiriéndose al muchacho‒. Se ve blanco, y cuando veo blanco no me da muy buena espina.

‒¿Y en cuánto tiempo podremos tener noticias de él? ‒le preguntó la presentadora.

‒Si ustedes no lo encuentran en los próximos diez días, infelizmente no lo encontrarán vivo.

La mujer lucía consternada. Estrujaba sus manos. Parecía haber tomado contacto con fuerzas cósmicas. Entonces vino la tanda de comerciales.

No se sabe aún lo que sintieron los familiares del muchacho y sus amigos al escuchar esa charla. Quizá un poco de esperanza. Quizá se tomaron de la mano. Quizá cambiaron de canal.

Era sábado. El rating debió estar al tope.

***

El periodismo debe buscar certezas, pero ese día optó por la parapsicología. Han pasado varios meses, y la familia por fin ha logrado enterrar el cuerpo del estudiante. El cadáver, por supuesto, fue fotografiado y grabado a pesar del estado en que se encontraba. Esto tendría que significar que la historia periodística terminó.

Pero es mejor estar prevenido. Habrá quienes intenten ir más lejos. Los últimos adelantos tecnológicos de la parapsicología ya ofrecen todo tipo de mecanismos de registro visual y audiovisual para esos periodistas que se aventuren al más allá.

***

Los editores y reporteros que alimentaron esta historia durante tantos meses ahora deben estar recuperando la serenidad como quien revive después de una borrachera cataclísmica.

Quizá les duela la cabeza durante un tiempo al sentir que la vida continúa y que aquella noticia ya no.

Quizá vean desapariciones potenciales por todos lados.

Se enterarán de un secuestro tal vez, o de una accidentada excursión escolar, y pronosticarán un desenlace de meses.

En el mejor de los casos alguien tratará de reavivarlos contándoles que subió el precio de la gasolina.

O tal vez, al comprar el pan, ellos mismos comprueben con sus propios ojos que el sol está más bonito que nunca y que el verano está a punto de llegar.

Lo recomendable es que el retorno a la realidad no sea tan brusco. Como paso previo, los editores y reporteros podrían investigar sobre la estatura de Jake Gyllenhal abrigando la esperanza de conocerlo algún día para absolver la gran duda.

La segunda pregunta sería inevitable:

‒Jake, ¿qué opinas de nosotros, los periodistas?

Sería una buena manera de despertar.

Elogio de la caca

Este rascacielos está hecho de caca. Para construirlo fue necesario que todos los habitantes de la ciudad aportaran su granito de arena. Si en algunas culturas ganaderas de la antigüedad los hombres aprendieron a construir sus casas con abono de vaca, ¿por qué en las ciudades modernas no podemos aprovechar la caca de los habitantes -tan abundante, además- en fines productivos? El proyecto es fascinante y no parece tan descabellado. Sobre todo cuando eres un niño de diez años y lees estas historias.

Luego creces y te llenas de tabúes, y quizá un edificio de caca ya no te resulte tan buena idea. ¿Qué pasaría si llueve? ¿Se desmoronaría encima de los residentes? 

Cuando eres adolescente ya no piensas tanto en estas cosas. La caca, y todo lo que se puede hacer con ella, es patrimonio de la infancia. Los chicos evitan hablar de la caca con las chicas, y las chicas guardan el mismo respeto ante los chicos. Aunque es probable que entre grupos del mismo género el tema sobreviva algunos años más (“oye, hoy hice bolitas”). Según algunos estudios, cuando las personas llegan a la universidad o cuando simplemente se hacen adultas suelen olvidar dos cosas: 1) cómo se sentía ser niños, 2) lo divertido que resultaba hablar de la caca.

La caca era un asunto tan presente en mi escuela de primaria que incluso el director tenía un apodo que nunca le dijimos: Director Caca Negra. No era un sobrenombre racista. Él no era negro. Sólo era feo y tenía una nariz grande y cacosa y llena de lunares. Por entonces, había un alumno de sexto año que tenía el pelo marrón clarito y era muy popular en todo el colegio. Le llamábamos Pelo de Caca. Pero como era mayor que el resto de nosotros, podía agarrarte a golpes si te escuchaba. Así que había que decirle el apodo verificando previamente las condiciones de seguridad. Por ejemplo, cuando él iba por la calle podías esconderte tras un arbusto y gritarle: ¡Pelo de caca! O cuando él se encontraba indefenso, usando el baño, puerta cerrada, pantalones abajo, lo mismo: ¡Pelo de caca!

Años después, en la secundaria, el uso de la palabra caca ya no requería de adjetivos. Había por lo menos dos estudiantes que, merced a su resistencia a la limpieza, obedecían al escueto apodo de “Caca”. Eran la peste andando. Uno de ellos a veces llegaba a clases oliendo a orines. El otro tenía un aroma más original, uno que a veces evoco cuando recorro los pasillos del mercado sobre el mediodía.

Debe ser por esta época juvenil -cuando te salen bigotes, cuando te crece el pecho, cuando te cambia la voz- que las personas también comenzamos a cambiar de palabras. Da vergüenza decir caca delante de las chicas. Todos queremos ser adultos, y fumamos, y aprendemos a beber y estudiamos a los mayores para parecernos a ellos, sólo un poco. Los adultos no dicen caca. Los adultos dicen cosas más adultas. Dicen mierda. Al aprender a decir esa palabra con soltura, los jóvenes entienden muchas cosas de la vida; por ejemplo, comprenden que eso que los mayores llaman política es una mierda, o que el transporte público es una mierda, o que es muy duro cuando te hacen mierda el corazón. Decir caca es ser un niño. Decir mierda es ponerse drástico, a la altura de la vida, realista. Malo. Villano. Eres una mierda. Vete a la mierda. Calla mierda. 

Qué feo. Soy un romántico. Decir caca me parece más bonito.

Pocas cosas son tan útiles para entender a las personas como escuchar las palabras que estas usan. Unas dicen mierda y son más viejas y otras dicen caca y son más jóvenes. La escritora sueca Pernilla Stalfelt descubrió esta relación y luego escribió un libro para explicar su teoría. Como ella es autora de historias infantiles, el “Libro de la caca” está hecho para niños.

El ejemplar que tengo en este momento tiene las hojas ajadas, como esos libros que han sido leídos una y otra vez, y que alguna vez merecerán una fiesta de jubilación. Me lo ha prestado mi sobrino Sebastián, que es un gran lector de Waterloo. Sebastián es un niño curioso y despistado, y su mamá suele recoger las cosas que él deja abandonadas al lado del inodoro, desde libros de rock hasta recetarios de cocina. “El libro de la caca” fue su escudero durante largas batallas, y lo ayudó a entender el mundo, o su mundo, o ese pedacito de mundo que ocurre antes y después de jalar la cadena. 

“Casi todos los niños piensan que los pedos y la caca son muy divertidos, pero los mayores no”, escribe la señorita Stalfelt en su manual. “A ellos les gusta oír cosas más agradables que no huelan mal ni sean marrones”. Las flores, por ejemplo, o el dinero, por supuesto. Luego Stalfelt establece una tipología curiosa sobre la caca. “Hay varios tipos”, sostiene. Están las que parecen piñas, las que se confunden con chorizos, las que se asemejan a un choclo, las que tienen forma de tornillo. También se las puede clasificar en virtud al color: las hay marrones, amarillas, rojas, negras (como el director de mi escuela) y las que salen como beterraga. 

Hay un tiempo en que las personas vivimos fascinadas por la caca. Es una etapa breve que puede extenderse algunos años (y en ese casos los especialistas no advierten daños cerebrales serios en los individuos). “El libro de la caca” puede ser el mejor regalo del mundo si estás viviendo esos momentos, cuando todo luce sospechosamente chistoso, desde la nariz del director de la escuela hasta el cabello de un compañero. Es probable entonces que tu éxito dentro del grupo dependa de cuan ingenioso seas al imaginar cosas asquerosas. Somos las palabras que usamos, y la señorita Stalfelt ofrece conocimiento útil para esas circunstancias. La caca es cultura infantil.

Burger periodismo

Un día me presentaron a uno de los ideólogos de la no lectura. Había trabajado los últimos diez años en revistas o suplementos donde los textos tenían menos información que la envoltura de un chocolate.

Su último logro era haber transformado la revista más leída en su país en una revista de textos enanos. Era un hombre poderoso. Una especie de rey Midas al revés. Todo lo que tocaba se convertía en chatarra, y yo encontré la manera de no darle la mano. Hoy me enteré de que su revista cerró. Estuve a punto de enviarle un mensaje de condolencias, pero comprendí que el mensaje era muy largo. Le alivié la tortura de leerlo y lo borré.

Está de moda. Muchos editores de diarios y revistas dicen que la gente no lee. O que lee cualquier cosa. O que no tiene tiempo para nada y que por eso hay que darle textos enanos. Y lo hacen.

Si esta tendencia se trasladara al mundo de la cocina, los cocineros serían profetas de la basura. Dirían que la gente no come bien, o que come cualquier cosa porque no tiene tiempo y que, por eso, hay que ofrecerle sólo comida rápida. Pollo frito con papas y mayonesa. Tal manera de pensar mataría no sólo a la alta cocina, sino a la cocina popular, de huarique, que está hecha con paciencia y con el ideal de que el comensal disfrutará cada gramo tomándose su tiempo. Por suerte, en la cocina reina la idea de que el comensal es un dictador exigente y que su felicidad es una de las cosas más sabrosas de la vida. No se trata  de una imagen romántica, sino de un hecho corroborado por los contadores de los restaurantes: cuando un local hace felices a sus clientes también produce dinero.

Un día el cocinero inglés Gordon Ramsay se lo explicó de manera más sencilla a uno de sus empleados. El muchacho estaba preparando con desgano un platillo sin darse cuenta de que estaba en un local de tres estrellas. Ramsay se acercó y le gritó con toda la fuerza de sus pulmones: “Cocina como si tú fueras el comensal”. Luego, por supuesto, lo despidió.

Pocos editores les dicen eso a sus periodistas: “Escribe como si tú fueras el lector”. Pocos editores despiden a sus periodistas. Pocos empresarios despiden a sus editores por el mal gusto de su trabajo.

La creencia de que el lector no tiene tiempo para consumir historias de más de doscientas palabras está matando a los diarios y revistas que practican esa fe. El periodismo, en manos de los editores que piensan así, es un producto para alimentar a ese hipotético lector perezoso y apurado. Una especie de comida chatarra para los ojos. El director de Periodismo de la NYU, Robert Boynton, aclara: esos lectores hace rato que ya se fueron. Los lectores de notas cortas viven hace mucho tiempo en la internet. ¿O no? Ni siquiera tienen tiempo de comprar diarios o revistas.

¿De verdad el lector está tan apurado? Boynton dice: algunos sí, otros no. No existe un sólo tipo de lector. Está el ocioso, el omnívoro, el selectivo, el quisquilloso, y tantos más. ¿Pero por qué las encuestas de lectoría agrupan a todos bajo la misma categoría? LECTOR. Sin matices. Quién sabe. Incluso el lector ocioso durante el día puede ser un un lector hambriento durante la noche, cuando llega a casa, o el fin de semana, cuando no hace nada. Las personas tienen prisa, sí, pero sólo cuando hacen cosas que no producen placer. Tienen prisa cuando caminan en las avenidas, cuando conducen, cuando van al banco. No tienen prisa cuando van a la peluquería, o cuando les hacen un masaje o cuando alargan hasta el peligro las sobremesas del almuerzo. Las cosas que producen placer siempre logran que las personas más apuradas pierdan la noción del tiempo. O, en todo caso, obligan a los apurados seres humanos a inventar minutos para disfrutarlas. En las revistas y en los diarios, por ahora, sobran los vendedores de fritangas y hacen falta buenos cocineros.

Toda compra está sujeta a una valoración especial. Igual que el comensal, el lector también es un dictador. Si algo no le sabe bien, no volverá a comprarlo. El periodismo chatarra sazona su propia crisis y se lleva consigo a los diarios y revistas que decidieron rendir culto al no lector. Caparrós, 2004, se sorprendía: “No abundan los músicos que componen para sordos, plásticos que pintan para ciegos, pero sobran los medios gráficos que limitan la escritura al mínimo posible”. Ahora, 2011, el profesor Boynton adelanta un profecía: en el futuro inmediato sólo sobrevivirán dos formas de periodismo: el de notas cortísimas, buenas para el iPhone; y el periodismo de historias largas, documentales, buenas para leer en papel o en el iPad o un Kindle, con paciencia de gourmet. “Todo lo que está al medio”, añade, “desaparecerá”. Mientras eso ocurre, el dueño de un kiosko de revistas cerca de mi casa me explica su estrategia: “Por ahora gano más dinero desde que vendo golosinas”.

Dealer de historias a domicilio

1.

Una mujer conversa con una amiga cuando de pronto un espiritista interrumpe la charla y empieza a explicarle su futuro. La mujer se llama Raysa y es una mulata grande y está un poco cansada de su esposo. Están en Cuba. Sobreviven. Pasan hambre y, adicionalmente, ella está segura de que su marido es maricón. El espiritista le toma de la mano y le dice que aquel mulato haragán y homosexual con el que vive no es el hombre que le reserva el destino. El hombre para el que ella está hecha es “uno blanco y canoso con los mis gustos que tú”, le explica. “Es romántico, cariñoso y le gusta tomar ron con vino”. Aquel hombre, además, ya sabe que la mujer que le guarda el destino es Raysa, sigue diciendo el espiritista. El hombre blanco y canoso supo de este futuro de boca de una bruja. La espiritista le describió a Raysa, la mulata. A partir de entonces, cada vez que el hombre sale con una negra piensa que se trata de ella. Pero luego del sexo se da cuenta de que no es así. “Ustedes se van a encontrar si se buscan”, añade el espiritista. Raysa termina de escucharlo y siente un poco de miedo. Cada vez que piensa en ese hombre que la busca se le eriza la piel. Luego se dice que quizá no sea tan buena idea andar quejándose de su marido. Ya no está para andar de soltera por el mundo.

2.

Mientras viaja en un barco rumbo al Pacífico sur, un escritor nota que una anciana fea y de mal carácter grita todo el tiempo sin que nadie le diga nada. La mujer tiene aires de duquesa caprichosa y gobierna ese buque con tiranía. El escritor conversa con el comandante y se entera de que la señora es una viuda cuyo marido era dueño de unos talleres de reparación y almacenes de combustible. Un día, la empresa propietaria de los buques le compra esos inmuebles. La mujer sólo impone una condición en el contrato: que le reserven pasajes en primera clase, en todos los buques de la compañía, por el resto de su vida. Y así, en adelante, la vieja se mudó a altamar, y casi nunca bajaba a tierra, a menos que quisiera cambiar de nave o de ruta. Ese derecho y la solitaria vejez la convirtieron con el tiempo en un pequeño monstruo dictatorial. Se quejaba a gritos del servicio. Avergonzaba a los tripulantes delante de otros pasajeros. Y, aprovechando la repulsión que generaba, contrabandeaba productos en sus primorosas maletitas. El escritor tomó nota de este personaje en sus libretas y, al reflexionar sobre la mujer, resaltó un dato. La vieja era una inglesa prepotente en un mundo dominado por el imperio británico. Mientras este reino colonizaba islas y países por todo el mundo,  la anciana había clavado su bandera en aquel buque con los mismos modales imperiales.

3.

No habría llegado a estas historias de no ser por un amigo que vende libros a domicilio. Si estás en su agenda de clientes, él te llamará por teléfono una mañana y te hará preguntas con la delicada curiosidad de un médico de confianza: qué estás haciendo por esos días, qué clase de música estás escuchando, si estás triste o contento, si estás enamorado o concentrado en otra cosa, y así por el estilo. Después, acordará contigo una fecha y una hora para pasar por tu casa. Cuando el momento llegue, él se pondrá cómodo, compartirá un porro (si fumas porros) o un té de rosas si eres una señorita de tu casa y, entonces, sacará de su mochila algunos libros que ha elegido para ti con sabiduría de herbolario. Aquella serie de preguntas telefónicas le sirvieron para elaborar su diagnóstico sobre lo que necesitas leer en ese momento de tu particular existencia. Te entregará los libros. Si no te nota muy convencido, te leerá unos fragmentos para que empieces a confiar. Luego tendrás que pagarle y darle las gracias.

Los párrafos anteriores son una síntesis de la receta que me dejó hace algunos días. La primera historia aparece en el libro “Trilogía sucia de La Habana”, las memorias del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez. La segunda historia está en los apuntes de viajes del escritor francés Marcel Monnier, “De los Andes hasta Pará”. Como cada vez que este librero me provee de cosas para leer, esta vez también ha acertado y devoro esos libros incluso cuando voy caminando por la calle.

No conviene preguntarle jamás a este librero por qué te ha recetado esos libros en particular y no otros. O qué es lo que ha notado en ti para llegar a esa receta, o si cree que estás bien o mal, o si te ve feliz o infeliz. O cuáles son sus conclusiones sobre las cosas que tú le has dicho. Te dirá que él sólo vende libros. Para saber esas cosas, añadirá, existen otro tipo de profesionales, las prostitutas comprensivas y los amigos de toda la vida.

+++

Quienes deseen los contactos del dealer, pueden dejar sus datos en este blog. Tarde o temprano, él llamará.

El último detective de la carne

Poco después de enterarse de que iba a tener un hijo, el escritor Jonathan Safran Foer se preguntó si sería conveniente que ese niño creciera como un carnívoro. No muchos adultos se hacen esta pregunta y menos los que aún no tiene hijos. Por lo general, todos confiamos en que los alimentos que sacamos del refrigerador vienen de algún lugar limpio y seguro, pero esta confianza puede ser parecida a la del niño que cree que sus relucientes juguetes vienen del Polo Norte en la bolsa de Papá Noel.

En los Estados Unidos, los ciudadanos que se preguntan por el origen de los filetes que se llevan a la boca disponen de una amplia bibliografía para enterarse de que, por lo general, provienen de granjas donde se practica la crueldad contra los animales. Safran Foer, en su libro “Comer animales”, describe escenas gore de la vida granjera cotidiana. Reses que son despellejadas vivas. Cerdos sodomizados. Pollos cuyo cuerpo tienen un 90% de carne, sangre y huesos, y un 10% de agua con estiércol. Safran Foer, el futuro papá, recorrió los criaderos, mataderos y granjas de su país para decidir al final que nadie en su familia debería comer carne. Ni de res ni de pollo ni de pescado. Luego escribió un reportaje tan convincente que muchos de sus lectores terminan expresando su solidaridad con los animales víctimas de la industria antes de pasarse a las filas del vegetarianismo.

Como muchos otros escritores que han investigado la industria de la carne antes que él, Safran Foer es un detective al que nadie ha contratado pero que un día te dice que la vida no es tan bonita. Si uno es un estadounidense promedio que ha leído el libro de ese autor, entenderá que el 10% de las pechugas de pollo contiene estiércol. Carne que ha absorbido heces durante el proceso de producción. Si uno no es estadounidense y lee ese libro entenderá que algo ha está sucediendo en el mundo de la alimentación mientras todos cenábamos o intentábamos cenar cada noche. Hay países del primer mundo que, en menos de medio siglo, pasaron del corral donde los pollos se criaban al aire libre a la cadena industrial que mezcla a esas aves con sus excrementos. Los detectives de la carne informan de estas cosas en sus libros, y Safran Foer, el último de ellos, logra que empieces a preguntarte de dónde viene la carne que vas a cenar cada noche. No importa si vives en su país o en cualquier pueblo del mundo donde hay un mercado.

El sonido de un suicida contra el pavimento

Durante un cuarto de siglo, una mujer atendió un puesto de cremoladas bajo el puente más alto de Lima, el puente Villena, también conocido como el puente de los suicidas. La suya era una ubicación estratégica, pues allí capturaba a los caminantes fatigados que iban o volvían de la playa. Una cremolada es buena para combatir la sed, endulza la vida y además tiene vitaminas. Las cremoladas de doña Isabel (estoy casi seguro de que se llamaba así) eran oportunas y buenísimas, pero había algo extraño en la vendedora. Si permanecías mucho tiempo conversando con ella era posible que terminara contándote la pesadilla que la perseguía durante años.

Eran los años noventa, tiempos anteriores al boom de la gastronomía, y a doña Isabel jamás la entrevistaron en ninguno de los programas que ahora promocionan las delicias culinarias de la ciudad. Hubiera sido una excelente candidata a Reina de la Cremolada  y, quien sabe, acaso hubiera llegado a ser una de las protagonistas del Festival Mistura, esa feria descomunal de comida que empieza a convertirse en una de las razones para no suicidarse durante el invierno limeño. Por aquellos años, a doña Isabel se la podía conocer a través de las páginas de policiales de los diarios, donde ella evitaba hablar de las virtudes de sus dulces para dar paso a su otra especialidad: los suicidios que acontecían con regularidad a unos pasos de su puesto de cremoladas.

Durante un cuarto de siglo, ella fue la testigo más próxima de las tragedias que concluían al pie del puente. Esposos abandonados, pacientes desahuciados, ancianos desempleados, esquizofrénicos y decenas de almas descalabradas trepaban los barandales del puente como quien tantea la orilla de la vida, observaban el horizonte y se lanzaban cien metros hacia abajo, hacia la nada, como clavadistas con mala puntería. Por lo tanto, doña Isabel, que observaba el espectáculo a sólo unos pasos, también fue por años la persona más solicitada por los periodistas policiales que cubrían esas historias. Para los reporteros, ella siempre tenía a mano el detalle preciso (“cayó gritando: ‘Lo hago por ti, María’”), la hipótesis oportuna (“por la forma de vestir, creo que era un desempleado”) y también la cremolada reparadora en premio a la labor informativa.

Tantos años atestiguando suicidios terminaron convirtiendo a doña Isabel en un personaje que reclamaba su propia crónica. Pronto la verdadera noticia comenzó a desplazarse  desde la calzada donde solían aterrizar los cuerpos (ya liberados de su dolor) hasta el puesto de cremoladas donde ella seguía procurando la paz a los sedientos. No conozco ni he leído de nadie que haya atestiguado más suicidios que doña Isabel. Un estudio calcula que allí ocurrieron un promedio de cinco tragedias al año. En veinticinco años, debieron ser unos 125 suicidios. No es una cantidad abrumadora, a primera vista, pero había que comenzar a cambiar de opinión cuando doña Isabel describía las consecuencias de su insólito récord.

-Al principio, no pensaba que ver o escuchar podía hacerme daño. Cuando uno es joven, la mente aguanta todo. Pero ya de vieja los recuerdos vuelven y vuelven, sobre todo cuando una está durmiendo.

Conversé con Doña Isabel una tarde de sol, bajo el puente. Era una mujer de piel marrón, cabello negro ondulado sobre los hombros y llevaba un mandil blanco. El mandil tenía unas gotitas rojas (cómo olvidarlo) del dulce de fresa que le había salpicado durante el trabajo. Nadie se suicidó durante nuestra charla. Sobre el pavimento sólo refulgía un grafiti en líneas blancas que más parecía una mensaje vial del más allá: “Prohibido morir”, decía al lado del dibujo de un ser humano con los brazos y piernas abiertas.

En los últimos años, me contó ella, sus sueños nocturnos se habían simplificado, como si su subconsciente hubiera elegido el detalle más impactante del cajón de su memoria. Todas las noches ocurría lo mismo. Doña Isabel conciliaba el sueño, pero en medio de la noche un ruido infernal la arrancaba de su letargo y la obligaba a beber agua para recuperar la tranquilidad. Era el sonido indescriptible de un cuerpo que cae a lo largo de cien metros y se estrella contra el pavimento a ciento sesenta kilómetros por segundo. El sonido de los huesos quebrándose dentro de la piel mientras los pulmones, el hígado, los riñones estallan sobre el cemento.

-Plasssshhhh.

Doña Isabel reprodujo ese sonido tomando aire y espirando con fuerza. Poco tiempo después de esa charla, cumplió su promesa de retirarse de ese trabajo. Se había mudado a la casa de uno de sus hijos, en las afueras de la ciudad, y le costaba mucho dinero transportarse. Más o menos por entonces, la municipalidad del distrito mandó construir un sistema de fierro y plástico que envuelve el puente como una cartuchera gigantesca, y ahora allí ya nadie acude a suicidarse. Al pie del puente, tampoco ha vuelto a abrirse un puesto de cremoladas.


El cardenal que tuvo hipo

 

Fue una helada mañana de domingo cuando el cardenal, que tenía un programa semanal en la radio, se acercó al micrófono y dijo hip.

Siguió una breve fracción de silencio durante el cual el sorprendido pueblo católico que seguía el santo espacio radial debió  imaginar  todo tipo de circunstancias adversas. ¿Estaría alguien reemplazando al cardenal? ¿Estaría ese impostor en un calamitoso estado de ebriedad o resaca? Al cabo de esos segundos, el hombre con más poder dentro de la iglesia volvió a decir hip, y la repetición sólo resaltaba algo evidente: aquel iba a ser el programa más bizarro de la historia de la radio nacional, hip.

Al día siguiente, sin embargo, ninguna de las personas que yo conocía había escuchado ese espacio de radio. ¿Quién sintonizaba al cardenal un domingo a las 8 de la mañana? ¿Quién siquiera soportaba a ese obispo ultraconservador cuya mayor liberalidad era fumar a escondidas de las cámaras? ¿Quién escuchaba la radio como una sana costumbre antes del desayuno? ¿Quién podía estar despierto a las ocho de la mañana? Aquel domingo yo volvía a casa en un taxi, luego de una fiesta, y el conductor sí estaba escuchando la radio. Al tercer hip, el hombre no pudo soportar la risa y me explicó que todos tenían derecho a pasarse de tragos, incluso el cardenal. El taxista era católico, pero desde hacía quince años no iba a misa: prefería trabajar los domingos y las fiestas de guardar. Un cristo de yeso colgaba del espejo retrovisor.

El lunes, cuando comencé a buscar otros testigos de ese inoportuno ataque de hipo, me tomaron por loco. Esto ocurrió hace varios años, cuando no existía el Twitter, y durante ese tiempo me sentí como deben sentirse aquellas personas que han visto un ovni pero que no han podido encontrar a nadie con quien conversar de ello. El último fin de semana, para mi buena suerte, subí al mismo taxi en que años atrás escuché al cardenal decir cosas como “es palabra de… hip…”. Ahí estaba el mismo Cristo de yeso en perpetuo vaivén. El taxista y yo nos reconocimos de inmediato. Intercambiamos teléfonos y correos electrónicos y nos comprometimos a buscar a más testigos de aquel suceso. Si reunimos a cinco personas, acordamos, abriremos una página de Facebook para intercambiar noticias e informaciones sobre el tema. Nos convertiremos en una comunidad. Y quien sabe si con el tiempo alguno de nosotros se anime a escribir una crónica de ese episodio religioso.

Durante los años de universidad un compañero y yo nos propusimos hacer algo parecido. Esa vez se trataba de reunir a los testigos de un hecho extraordinario ocurrido a mediados de los años ochenta, un Viernes Santo. Sucedió en la televisión. Yo tenía seis años y aquella tarde estaba sentado en mi lugar preferido de la mesa: la esquina que me permitía mirar directamente al televisor y esquivar a todos los demás. Mis padres y hermanas conversaban sobre cosas de mayores. Yo miraba una película sobre la pasión de Cristo. Cristo estaba siendo clavado en la cruz. Gritos. Dolor. Sangre. De pronto, durante un segundo, la imagen se distorsionó en franjas oscuras acompañadas de un ruido parecido a la lluvia. Las imágenes que aparecieron después de esa breve interferencia me acompañan hasta hoy: una mujer disfrazada de conejita era empalada por un hombre desnudo. Había dolor en el rostro de esa mujer. Yo tenía seis años y esa fue mi primera escena pornográfica. Duró unos segundos. Cuando mis padres y hermanas volvieron la cabeza al televisor, Cristo había retornado a la pantalla.

Igual que con el hipo del cardenal, ninguna de las personas que consulté durante años había visto esa escena. Sólo ese amigo de la universidad a quien me unía el recuerdo de ese milagro carnal de semana santa. Nunca encontramos a un tercer testigo. Con el tiempo dejamos de hablarnos por teléfono.

Esta mañana, al encender la radio, sucedió otra vez. Un corresponsal en comunicación telefónica desde Argentina hablaba muy emocionado sobre el próximo partido de la selección de fútbol, y contaba que había conversado con los jugadores y que todos estaban contagiados de fervor y que el país estaría, de hecho, en el próximo mundial y que no había selección en toda la galaxia que pudiera equipararse al aguerrido equipo nacional; y decía todas estas cosas mientras el conductor del programa, en la cabina, acompañaba ese discurso con la esforzada música de su adormilado aparato respiratorio. Era un sonido oscuro y temible como el de un dragón que se ha echado a dormir después de una borrachera de lava. Shhhhggrrr, shhhhggrrr, shhhhggrrr. El corresponsal siguió hablando sin parar durante tres o cuatro minutos hasta que el monstruo despertó.

Ahora busco a otros testigos de este suceso. Si nos reunimos a tres o cuatro, hasta podríamos abrir una página de Facebook y convocar a más personas y hasta crear una cuenta de Twitter para llamar a más testigos. Luego estableceríamos una fecha de reuniones para discutir sobre estos hechos paranormales que ocurren mientras los demás trabajan o estudian o se cepillan los dientes.

Héroes que orinan bajo las estatuas

Una joven geisha japonesa llega a la morgue de un hospital para reconocer el cadáver de su amante. El cuerpo está muy deteriorado. Ella lo identifica por la dentadura: dos dientes de oro. Exige que le entreguen esas piezas y se manda hacer con ellas una sortija que llevará para siempre, en recuerdo de su hombre. Esta historia transforma a la geisha en una heroína popular y todos hablan de ella.

Ciertas acciones convierten a un simple mortal en un mortal complejo. La geisha, después de su arrebato de amor, se convirtió en un fuerte ideal de lealtad que trascendía su vida. Aunque siguió acostándose con otros, nunca se deshizo de esa sortija.

Mi amigo Jota es un adicto a este tipo de historias y cada cierto tiempo me envía un correo para contarme la última novedad que ha hallado en la internet o en la televisión. La de la geisha es una historia que aparece brevemente en un cuento del escritor bosnio Aleksandar Hemon. Jota, que es un artista muy proclive a las conversaciones inútiles, me confesó hace unos días que su próximo proyecto consiste en convertirse en un héroe popular y pasar a la posteridad como tal. Le interesaba mucho leer sobre el valor y el coraje, y se planteaba todo tipo de preguntas a partir de ese cuento: ¿Existe una mujer capaz de hacer algo así por su hombre? ¿Haría Jota algo así por una mujer?

“Para comenzar”, le dije a Jota través del chat, “primero haría falta que tú tuvieras una chica”. La frase creó un breve e incómodo silencio al final del cual terminamos hablando de otras formas de heroísmo y coraje más adecuadas a un alma solitaria como la suya. Busqué inspiración en las revistas. ¿De qué manera podría mi amigo Jota convertirse en un héroe popular?

Hay en Tailandia, por ejemplo, un hombre al que algunos apodan Rey Condón, y que ha hecho de su vida una infatigable cruzada en pro del uso del preservativo. Mechai Viravaidya es un político de 35 años que, después de largas jornadas de sensibilización en su país, ha logrado dos cosas: 1) que los tailandeses se preocupen más por su salud sexual y 2) que  comiencen a llamar “Mechai” a los condones. Gran honor.

Realizar una campaña de ese tipo está al alcance de mi amigo Jota, pero convinimos en que sería improbable que en este lado del mundo terminemos llamando “Julio” o “Javier” o “Juan” a los preservativos.

Jota también podría hacer lo que el fotógrafo colombiano Santiago Forero. Forero ha producido una serie de imágenes donde se le ve orinando en los exteriores de algunas universidades e instituciones educativas estadounidenses. En una de las vistas, la estatua de John Harvard otea el horizonte de su país mientras Forero (que es enano y se le confunde fácilmente con un niño) se siente muy cómodo miccionando en el pedestal del alma mater de la mitad de presidentes del mundo.

Proezas de ese tipo están al alcance de los simples mortales que, como mi amigo Jota, se sienten algo inquietos respecto de su anonimato.

Jota se ha enamorado del proyecto de Forero, el miccionador, y va a realizar algo parecido aunque le dará un giro personal a su propia obra. Elegirá las estatuas de políticos, por ejemplo, o los edificios del Congreso y el Poder Judicial y hasta del mismo Palacio de Gobierno. Los críticos claramente podrían establecer que su acción valerosa y corajuda es una clara muestra de la disconformidad general con la política.

Pero eso no es todo.

Jota se ha tomado las cosas con mayor gravedad, y ha optado por realizar una intervención mucho más ruda y acorde con estos tiempos. ”Orinar en los monumentos es cosa de pequeñitos, y está bien para Forero”, me dijo esta mañana mientras estudiaba planos de la ciudad y trazaba en ellos unas equis de color rojo. “Bajarse el pantalón, ponerse en cuclillas y expresar el verdadero disgusto que viene de las entrañas, eso sí es coraje”.

Jota ha encontrado un tema para su próxima exhibición de fotografías, que planea tener lista en unos cuatro meses. Mientras tanto, una pequeña guerrilla de colegas lo acompañará cada noche en sus excursiones artístico-vandálicas. Jota elegirá el blanco de su odio. Beberá un purgante. Aguardará a que el medicamento haga efecto. Se acercará a la fachada. Se bajará los pantalones y, entonces, ¡clic!, cagarse en las instituciones se habrá convertido en una obra de arte para colgar en la pared.

Mujeres que tienen nombre de cicatriz

Toda persona es una suma de cicatrices.

Rosa era una reclusa de un penal de Lima que tenía una cicatriz muy grande que le cruzaba la mejilla derecha. La huella era tan escandalosa como un signo de exclamación en su rostro. Ella tenía trece años cuando un hombre la marcó para siempre con una navaja. Él quería tener sexo. Ella no. Él le cortó la cara. Ni siquiera eran novios. Rosa nunca consiguió un trabajo debido a la cicatriz, nunca un hombre guapo se fijó en ella debido a la cicatriz, nunca pudo verse bonita debido a la cicatriz. La única manera de librarse de esa marca, me contó, era hundirse con frecuencia en algún fumadero para drogarse hasta alcanzar ese estado en el que la belleza o la fealdad de las cosas depende de cuán drogado estás. Cuando conocí a Rosa, ella llevaba un par de años sin drogarse y, durante ese tiempo, un grupo de testigos de Jehová del penal le había enseñado a ir por la vida sin ocultar el rostro. Ella estaba muy orgullosa de su nueva vida y decía que no volvería a fumar. Al despedirse me ofreció la mejilla maltrecha.

Un ermitaño que detestaba a la gente y que vivía en una playa solitaria de Lima, me mostró el brazo derecho cuando le pregunté si alguna vez se había enamorado. En esa extremidad gruesa y musculosa, una gran cicatriz se estiraba con arrogancia a lo largo de diez centímetros, y parecía la carátula de una novela triste. Alguna vez una mujer acompañó a ese hombre en su locura de vivir lejos del mundo. Vivieron juntos algunos años. Ella se aburrió de él, de comer pescado todos los días, de no tener hijos. Un día se fue. Ese día él tuvo la tentación de salir al mundo para buscarla. Pero se controló cortándose el brazo. Pasó la noche conteniendo la hemorragia. Años después, el pescador veía su cicatriz como quien lee el título de una carta maldita. Luego, apartaba la vista y, con rencor, decía: “puta de mierda”.

Los tatuajes también son cicatrices que las personas se hacen por propia voluntad. Los exhiben durante un tiempo. Luego se avergüenzan de ellos como si les recordaran malos episodios de su vida. A veces no tanto. Hay modelos que se borran los tatuajes para dar inicio a una nueva etapa de sus vidas. El cuerpo es un papel y la cirugía de las marcas es la manera más cercana de volver a tenerlo en blanco. Limpio. ¿Sirve de algo borrar las cicatrices?

Hay una belleza poco reconocida en las cicatrices que la vida va escribiendo sobre un cuerpo. “Mi cuerpo me cuenta”, escribió una vez la poeta libanesa Houmana Haddad, y a continuación enumeró algunos capítulos de su biografía: una cicatriz en el labio inferior que se hizo a los dos años cuando cayó sobre un vidrio roto; los puntos que le dejaron bajo el vientre dos cesáreas sucesivas; un tulipán que, siendo joven, ella tatuó en su nalga derecha. Todo cuerpo es un cuaderno que hay que aprender a leer con paciencia.

Un cuerpo sin cicatrices aburre. Sólo es una farsa que se interpreta para la candidez del espejo. O, peor, el producto de una vida triste y sin aventura.

Desde ayer tengo un nuevo prospecto cicatriz. No es el resultado de una gran aventura sino la inexperiencia de un ciclista en las calles de una ciudad inusualmente lluviosa. Iba a toda velocidad por una bajada en curva. Resbalé dos metros y sólo conseguí frenar con ayuda de mi codo derecho. La herida que me hice allí es grande, roja y atrevida. Toda un novela en potencia.

Expreso Apocalipsis

El autobús estaba detenido a un lado de la carretera como una gigantesca ballena en reposo. Era una tranquila tarde de junio, y algunos turistas nos deteníamos en este punto del paisaje para improvisar un encantador momento Kodak que tenía como fondo a esta unidad de la Empresa de Transportes Apocalipsis. Bajé del auto e hice clic ante ese noble protagonista de la realidad nacional convertido ahora en atractivo turístico.

La Carretera Central, que comunica a Lima con varias provincias de los Andes, tiene una historia de horror que se actualiza sobre todo en las fiestas de guardar cuando los autobuses caen a los precipicios y cientos de personas mueren para gloria de las primeras planas de los diarios. Uno de los instrumentos de este involuntario método de control demográfico es la Empresa de Transportes Apocalipsis.

El Apocalipsis es ese capítulo de la Biblia que describe cómo moriremos. Allí termina la historia de la Humanidad en medio de un Holocausto lleno de fuego, bestias y horror. Algunos autobuses de la Empresa de Transportes Apocalipsis han terminado emulando ese final en algunas de las curvas de la Carretera Central. Vayamos a la Biblia nacional, como debería comenzar a llamarse al diario Trome (el de mayor lectoría en habla hispana): “Mueren tres al caer bus al río”. “Fallecieron el chofer Víctor Inga Taipe (67) y dos mujeres. Varios heridos denunciaron falta de atención médica, porque la empresa no presentó seguro contra accidentes”. Apocalipsis.

¿En qué pensaban los propietarios cuando decidieron ponerle ese nombre a su compañía? ¿Acaso fue una elección del demonio? ¿Alguien cerró los ojos y decidió usar el nombre del capítulo de la Biblia donde cayera su dedo bendito? El Ministerio de Transportes del Perú, que cada año elabora una lista de las empresas que más accidentes tuvieron, advierte que Apocalipsis se ubica en el puesto 39. Muy por delante se encuentran las compañías Ave Fénix (¿renacen sus vehículos de las cenizas?) y Ángel Divino.

Tal vez las explicaciones se encuentren en otro plano de la realidad. Se sabe que La Oroya, por donde cruzan estos vehículos, es una de las ciudades más feas y contaminadas del país. La descontrolada actividad minera le confiere al lugar el aspecto ideal para grabar una película donde todos mueren: la construcción más elevada es una chimenea tan grande como la torre Eiffel pero tan fea como un tubo de alcantarilla, el cielo es plomo rata, los cerros son gigantes salpicados de suciedad industrial. En ese medio ambiente irreal florecen muchas cosas extrañas. Una de ellas puede ser un restaurante llamado “Shit”. Por alguna razón, esa tranquila tarde de junio en que pasé por allí, el local estaba vacío.

Sólo me detuve a tomar una foto como prueba de que estas cosas existen. El Apocalipsis ya venía a toda velocidad por la autopista.

Usted ha ganado la lotería de Canadá

La Corporación Lotería de Canadá está orgullosa de contarme que he ganado un premio de ochocientos mil dólares. Lo leo una y otra vez en un mensaje que recibí a las 2.30 de la madrugada de hoy.

¿Por qué gané? El misterioso mensaje explica que mi dirección de correo electrónico fue seleccionada a través de un novedoso programa con que la empresa cuenta, el cual les permite elegir al azar a un ganador entre millones de millones de posibles afortunados.

El documento parece serio. Lleva un encabezado (Canada Lottery Corporation) y una dirección (70 Foste Drive, Suite 800, Sault Ste., Marie, Ontario P6A 6V2). Y no hay dudas. Soy millonario. Hoy comienza el primer día del resto de mi vida.

El mensaje, en inglés, explica que, como yo, hay otros 199 afortunados en el mundo que han ganado esta promoción internacional. Y a continuación detallan la manera en que podré cobrar el dinero.

En primer lugar, la empresa ha asignado a una persona a quien en adelanto debo llamar mi “official claim agent”. El primer paso para recibir el dinero consiste en escribirle un mensaje a esta persona. Se llama Mr. Smith Johnson. En este correo debo consignar los siguientes datos personales:

-Nombre completo

-País de residencia

-Edad

-Género

-Número de teléfono

-Ocupación

Luego, debo adjuntar también un código que me han asignado a manera de contraseña: 6434….

La dirección de Mr. Smith Johnson y sus teléfonos también figuran en el mensaje. Quien lo firma, felicitándome una vez más, es Mrs. Sarah Brooke. Su cargo va en abreviatura: Admin. Sec.

Finalmente, en letras más pequeñas, la empresa indica que “Cualquier violación de la confidencialidad [del premio], por parte de los ganadores, desencadenará la descalificación”.

Así que al escribir este post he generado mi propia ruina. Ya no soy millonario. O, lo he sido brevemente, por unos 8 minutos. Gracias por la experiencia, Lotería de Canadá.

Adjunto como prueba el mensaje que recibí esta mañana. Supongo que alguien querrá comunicarse con Mr. Smith Johnson y suplantarme. Buena suerte.

Cómo desvestirse ante los vecinos

No sé cómo se verán las cosas desde donde están ellos, pero en este momento puedo observar desde mi ventana cómo un obrero de trajecito anaranjado detiene su esforzada tarea para hurgarse la nariz.

Ver cómo alguien se hurga la nariz a sesenta metros de distancia no es el objetivo con el que me senté a trabajar esta mañana, pero resulta inevitable desde que una mole de concreto creció enfrente de mi ventana. Es un gigante de veinte pisos que mira de igual a igual al gigante de veintiún pisos donde vivo. Mi casa están el 17 y tiene las ventanas amplias como pantallas de cine en función continua. Nunca les puse cortinas porque a esta altura (unos 70 metros sobre el suelo) no había nada que ocultar. Nadie podía ver o espiar lo que ocurría en mis dominios. Desde esta burbuja en el cielo de Lima, la vida ofrecía una amable panorama en diminutivo: casitas, carritos, personitas. Ahora, enfrente sólo está ese monstruo imponente que invita a imaginar que, pronto, en lugar de obreros allá se acomodarán familias, niños, parejitas. Pronto ellos estarán mirando hacia este lado con curiosidad. Entonces todos los que vivimos en este edificio tendremos que aprender a comportarnos con educación y recato.

No volveremos a pasearnos (solos o acompañados) sin ropa por la sala de nuestras casas. Y esto, en verdad, es lo único triste de esta historia. La molesta compañía de los futuros vecinos nos ha condenado al pudor de las habitaciones o a comprar cortinas.

Algunos vecinos de mi edificio han meditado sobre esta inminente guerra fría. El que vive en el piso inferior, por ejemplo, se ha provisto de un largo telescopio y lo ha instalado en su balcón. La presencia de ese artilugio hace pensar en una bazuca peligrosa. Al verla, los vecinos de enfrente sabrán que las cosas no serán tan lindas como los corredores inmobiliarios les prometieron. Nosotros, los de este lado de la avenida, los estamos esperando con toda la hostilidad de nuestros ojos.

Adónde van los amigos imaginarios

El mal comienza cuando un niño dice que tiene un amigo imaginario. Ocurre en la infancia temprana, cuando el pequeño ha aprendido a hablar y, de igual manera, a callarse la boca cuando hablan los mayores. El amigo imaginario es todo oídos para ese niño y suele estar allí cuando éste quiere decir cosas que a nadie le interesan; por ejemplo, que mamá y papá deben ser los padres más aburridos del mundo porque siempre están hablando de números y de cuentas por pagar, como dos calculadoras parlanchinas.

La complicidad queda sellada por siempre. El amigo imaginario comparte las ocurrencias del niño y las refuerza añadiendo más detalles a esas primeras metáforas: calculadora con bigotes, papá; calculadora con tetas, mamá.

Cuando la imaginación del niño es profusa y activa, el amigo imaginario no tarda en conocer a una pareja imaginaria. Luego, ambos se casan en la mente del niño, se mudan a un barrio imaginario, tienen una mascota imaginaria, niños imaginarios, vecinos imaginarios. Estos, a su vez, tienen sus propias familias imaginarias; y estas, a su vez, engendran sus propios conflictos imaginarios.

El niño víctima de este mal de la imaginación ‒en cuya cabeza ha ocurrido esa explosión demográfica imaginaria‒ sabe distinguir perfectamente la realidad (papá y mamá calculadoras) de lo que sólo ocurre en su mente (una ciudad que no responde a las coordenadas convencionales). Por lo general, el niño callará estas cosas y sólo cuando se haga grande las escribirá en libros. Esos libros sí son reales, y tratan de personas imaginarias que viven aventuras imaginarias en lugares imaginarios. Gabriel García Márquez, el hijo del telegrafista de Aracataca, describió a sus amigos imaginarios en best sellers que ahora abarrotan las librerías. En ellos se habla de Macondo, pero este pueblo sólo es uno de los miles de lugares imaginarios de los que se puede leer en las bibliotecas, y que comienzan a formarse cuando un niño hablaba a solas debajo de la mesa. Aquí otros ejemplos interesantes además de Macondo:

-Reino de los Abdales (en algún lugar de África). Allí las bodas entre sus ciudadanos tiene un ligero matiz con respecto a las bodas que conocemos. La noche anterior a la ceremonia, el testigo del matrimonio tiene el deber de visitar a la novia. La novia tiene el deber de recibir a ese visitante en una habitación oscura y, acto seguido, está obligada a cerrar con llave. El testigo, durante ese encierro, tiene que instruir a la novia sobre los deberes sexuales para con su futuro marido. Además, tiene que comprobar que la novia, hasta ese encuentro, era virgen. (Inventor de este lugar: Cristoph Martin Wieland. 1774)

-País de Adam (en algún lugar de la jungla de Borneo). Su gobierno está organizado bajo un tipo de socialismo que pone el bien colectivo antes que el bien individual. Existen dos ministerios. Uno de guerra, otro de estética y un lugar llamado el Palacio del Placer, donde a los ciudadanos de buen comportamiento se les permite acudir cada semana para hacer el amor. Sólo pueden hacer el amor en grupo; es decir, el bien común. (Inventor de este lugar: Paul Adam. 1898)

-País de los Adoradores de Cabras (en algún lugar del sudeste de Rusia). La gente aún tiene costumbres primitivas y practica la hospitalidad. Cuando un viajero llega al lugar, los jefes de familia realizan un sorteo usando piedras blancas y negras. Los que obtienen estas últimas le regalan al forastero cabras y, adicionalmente, les envían a sus esposas para que pasen la noche con él. Si el viajero quiere quedarse más tiempo, los adoradores de cabras, según dictan sus leyes, seguirán proveyéndole de mujeres casadas para cada una de sus noches. (Inventor de este lugar: Abbé H. L. du Laurens. 1771)

-Afania (en algún lugar de Europa Central). La vida está regida por una serie de códigos literarios. Hay un Tribunal de las Letras a cuyos jueces se les ha prohibido el goce de leer libros de literatura, de manera que puedan concentrarse en su oficio, y solo por ello el Estado les recompensa con grandes sueldos. En este país, los ciudadanos que cometen errores de sintaxis son condenados a muerte. Los que plagian a otros son llevados a campos de trabajo forzado. Los que escriben con el aberrante estilo notarial también son ejecutados de inmediato. En beneficio de la buena literatura, los autores sólo pueden usar los adjetivos con la debida autorización de los tres miembros del Tribunal de las Letras, quienes asignan una cuota de adjetivos diarios a cada uno de los autores del país. El resto de adjetivos se conservan en la Biblioteca Nacional. En Afania se publican muchos libros. (Inventor de este lugar: Tom Hodd. 1870)

Los amigos imaginarios terminan convirtiéndose en ese tipo de lugares. Nacen, se reproducen y a veces ya no mueren.

(Para más información, consultar la Breve guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupe).

Juicio popular a un gato

Un grupo de operarios de imprenta capturó a decenas de gatos del barrio donde trabajaban y, después de someterlos a un juicio popular, condenaron a los animales a morir esa misma noche. Esto ocurrió hacia 1730, en París, y es un antecedente útil e interesante a la hora de evaluar la conducta de una mascota que se ha portado mal. Esa vez, los obreros reaccionaron con violencia demoníaca debido a que los gatos se habían apoderado de las casas y maullaban y brincaban por cualquier lado sin que les importara el sueño de los habitantes.

Los obreros comenzaron rompiéndole la columna vertebral a una tierna gatita llamada Grise, que era la mascota de la dueña de la imprenta. Luego subieron a los tejados, capturaron en costales a varias decenas de esos animales y apalearon a los que intentaban escapar. Una vez en tierra, se efectuó el juicio: había guardias, un confesor y hasta un verdugo. Los gatos fueron hallados culpables del delito de perturbar la paz pública y condenados, uno tras otro, a morir en el patíbulo.

En el libro La gran matanza de gatos y otros episodios de la historia de la cultura francesa, el historiador estadounidense Robert Darnton explica el por qué de la conducta de los obreros, y la sitúa en un mundo donde reinaba el miedo a la brujería y a los demonios. Los gatos, entonces y aún ahora, son considerados el mal en estado puro y peludo. Infunden miedo al caminar de noche con habilidad. Su actitud altiva y arrogante produce la ira de quienes se sienten cruelmente ignorados por ellos. Dicen los etólogos que los gatos no buscan un amo, como sí ocurre con los perros. Los gatos buscan una casa. Y, por supuesto, no tienen motivos para congraciarse con nadie. Son los únicos animales de compañía que se domesticaron solos. Nadie los capturó y sometió. Comenzaron a vivir en las ciudades atraídos por los roedores que pululaban cerca de las casas de los hombres, y hasta la actualidad conservan cierto espíritu salvaje que los vuelve destructores impredecibles. De tal manera que, hoy, por ejemplo, yo quiero matar a mi gato.

He visto a personas cercanas ejecutar la pena capital y sé cómo hacerlo. Una noche, cuando niño, unos ruidos furiosos en la cocina despertaron a toda mi familia. Teníamos los pelos de punta. Días antes, unos ladrones habían entrado y cargado con todo lo que pudieron llevarse, incluidos mis juguetes. Así que esa noche, mi padre, que sabía ser un tipo rudo e impredecible en ciertos momentos, dormía en estado de alerta. Llegó a la cocina hecho una furia y se encontró cara a cara con el delincuente: un gato callejero negro y nervioso que había echado al piso los platos y los artefactos. Lo que siguió es un recuerdo que me acompañará por siempre y que forma parte de la épica familiar: esas historias que se desenredan los domingos en una sobremesa con cervezas. Mi padre, en un arranque antigatuno, capturó al animal. Lo llevó al patio y, tomándolo de la cola como si fuera un bate de béisbol, lo castigó contra la pared hasta que no le quedó un hueso entero. Fue la única vez que vi a mi padre fuera de sí, en ese estado animal del líder que protege a la manada.

Qori ejecutando uno de sus primeros delitos de juventud: un agujero en la rueda de la bicicleta

Qori, mi gato mayor, se ha consagrado como un peligroso delincuente doméstico. La tarde de ayer llegué a casa con el tiempo justo para cambiarme de camisa e ir a una reunión de trabajo. Hice todo de prisa calculando los minutos. De salida, tomé el ascensor. El ascensor está cubierto de espejos. En los espejos, mi camisa reluciente. En la camisa, una espantosa constelación de agujeros causados por esas uñitas criminales. Las uñitas de un gato que se estira en las puntas de las patas traseras para alcanzar a destrozar algo con las patas delanteras.  Al volver a cambiarme, no quedaba el tiempo suficiente para establecer el juicio de rigor. Pero de sólo verlo tumbado en el sofa, bostezándome con indiferencia, una lluvia de recuerdos me cegó en llamas:

-la vez en que, una hora antes de dar una fiesta, Qori, tú destrozaste a mordiscos el cable de los parlantes;

-la vez en que te orinaste en ese saco que tanto me gustaba;

-cuando abriste con los cuchillos de tus uñas la panza del sofá recién comprado;

-cuando destrozaste la licuadora;

-cuando mordisqueaste ese libro que no era mío.

Y ahora esa camisa.

Es momento de un castigo:

Señores y señoras del edificio donde vivo, deben saber que el culpable de que sus plantas estén todas mordisqueadas (las que adornan las puerta de sus departamentos) es este lindo gatito que ahora mismo está reposando sobre mi mesa de trabajo, tramando, quizá, sus próximas fechorías. Si algún día lo encuentran in fraganti, siéntanse cómodos: es todo suyo.

Si encuentras monedas en el cementerio

 

Un manual para dejar de fumar publicado en un pueblo perdido de Texas recomendaba un método excéntrico que me recuerda la historia de un amigo cuya madre murió hace poco.

Según el manual, el interesado en dejar la nicotina debe empezar por ir a un supermercado para abarrotarse de cajas de cigarrillos. Una vez en casa, es preciso abrir los paquetes y esparcir el contenido por todos los rincones de la vivienda. Hay que llenar de cigarrillos la cocina, la habitación, los baños, los depósitos e incluso la casita de la mascota. El interesado debe realizar esta actividad asumiendo que esos cigarrillos serán los últimos que fumará en su vida. El objetivo es que el fumador, cada vez que quiera satisfacer su ansiedad, se agache a recoger del suelo el objeto de su vicio. Eventualmente, cuando ya no queden cigarrillos que fumar a la vista, la persona se verá sumida en una búsqueda patética debajo de los sillones, detrás del refrigerador, bajo la caja donde el gato hace sus necesidades, entre otros sitios. Este pequeño ejercicio debe producir suficiente humillación en el individuo de tal manera que comience a asociar la ansiedad por el cigarrillo con el acto de gatear como un niño. El manual adjuntaba fotografías de algunos pacientes en pleno trance de búsqueda. Recuerdo una imagen: un hombre en camisa inspeccionaba debajo de la alfombra de una sala mientras alrededor transcurre una recepción con baile y bocaditos incluidos.

Este amigo cuya historia puede asociarse a ese método antitabaco era el último fruto de un árbol genealógico rico en seres insanos. Fui vecino suyo hace muchos años, cuando niños. Él vivía con su madre, una vieja de ojos acuosos y pelo reseco que casi nunca salía de casa. Él era un niño alegre. Ella estaba loca. Vivían de la pensión que les había dejado el padre, un militar muerto en una batalla contra un grupo terrorista. La madre iba cada mes al banco a cobrar el cheque y cambiaba todo el dinero en monedas. La pensión debía ser bastante miserable, pero la mujer llegaba a su casa llevando unas bolsas pesadas dentro de la cartera. Una vez allí, esparcía las monedas por todas las habitaciones, tal cual recomendaba ese manual para fumadores. A lo largo de las semanas, ella y su hijo iban usando en sus gastos corrientes las monedas. Pero, conforme se acercaban los últimos días del mes, debían hacer ejercicios imposibles para encontrar algo de dinero. Gateaban. Se arrastraban debajo de la cama. Movían los muebles. Mi amigo, que yo sepa, nunca cuestionó el método materno para administrar la economía del hogar. Le daba cierta vergüenza, eso sí, sobre todo cuando él creció y comenzó a invitar gente a su casa. Yo sólo fui una vez, cuando faltaba poco para que dejara ese barrio, y fui testigo de su paranoia: creía que si me quitaba la vista de encima yo podría llevarme al bolsillo alguna de las monedas que estaban dispersas en la sala. No eran muchas. Debía estar cerca el fin de ese mes.

Después de años encontré a ese amigo en el cementerio. Ocurrió hace unos días, cuando yo estaba por allí colocando flores en la tumba de mi padre. Él es un reportero que a veces aparece en un programa de televisión, así que lo reconocí de inmediato. Estaba en cuclillas contemplado la lápida donde se leía el nombre de su madre. Conversamos buen rato y me actualizó rápidamente sobre su vida. Estaba divorciado. Su ex esposa estudiaba en el extranjero. Él se ocupaba de su hijo. Todo muy normal. Se despidió. Me dio su tarjeta. No habló de su madre y yo no le hice preguntas.

Tal vez volvamos a ser amigos. Quién sabe. Le di la dirección de este blog y es probable que ahora mismo esté leyendo esta historia, su historia. Si es así, sólo queda esperar que no le incomode. Si yo fuera escritor de cuentos, tal vez este encuentro me habría servido para inventar una historia donde al final la lápida de la tumba de la madre estaría cubierta de las monedas que el hijo deja en lugar de dejar flores. No sé. Algo así de extraño. Pero la realidad ha sido buena con este amigo, pues allí, en la lápida, no había monedas. Él lucía bastante sano. Esta mañana lo vi haciendo una entrevista vía microondas en su programa de noticias y tuve la sensación de que le debía una frase: Felicitaciones por haber sobrevivido a esa vieja, compañero.

Tal vez no volvamos a ser amigos. Quién sabe.

 

Cosas que dice la gente cuando corre en las mañanas

El riesgo de salir a la calle sin audífonos: tus oídos están libres y expuestos a los mensajes ajenos. La música portátil te acompaña, te hace tararear, pero sobre todo te mantiene a salvo de conocer historias que jamás pediste escuchar. Ocurre que las orejas no tienen párpados, como dice el ensayo de Pascal Quignard. Lamentablemente.

Una mañana, mientras corro por el parque de siempre, no llevo audífonos. Entre el río de personas que trotan en uno y otro sentido, se aproxima una pareja de mujeres gordas. Van caminando. Han de tener unos cuarenta años. La de la izquierda lleva el cabello ordenado en una cola. La cara lavada. Escucha a su compañera. Ésta lleva el cabello suelto. Ojeras abultadas. El rostro sin lavar y una expresión triste que da un poco de lástima. A lo lejos, la imagen es inofensiva. Pero al pasar al lado de ellas, escapa de su 

conversación una frase que se queda conmigo como un recado equivocado:

‒No sabes lo que es invertir en eso cinco años de tu vida…

Mientras corro, imagino el rompecabezas en el que se inserta esa oración incompleta. ¿Una esposa infeliz en su matrimonio? ¿Un alma estafada en algún negocio terrenal? ¿Un amante que se esfumó con alguien más joven?

Sigo corriendo.

Más adelante, se aproxima una parejita de adolescentes. Ella va con el cabello desordenado. Legañas. El pantalón de correr arrugado. Él va en shorts ordinarios. Nada resalta en su actitud. Es ella la que habla. Paso al costado. Escucho:

‒Creo que por eso no pude dormir…

Me pregunto: ¿Celos? ¿Problemas en la casa? ¿Un padre enfermo? ¿Deudas? ¿Un terrible cargo de conciencia?

Sigo 

corriendo. Por ratos hay la tentación de regresar para seguirlos sin mucho escándalo y así terminar de escuchar el resto de esa historia.

No parecen novios. Ella sólo está confesándose con un amigo de confianza. El cabello despeinado. Las legañas gruesas. El pantalón arrugado como un trapo. No parece haberse parado esta mañana ante un espejo.

Son apenas las ocho de la mañana y el tramo restante es largo. Doy la vuelta. Empiezo a seguirlos. Corro despacito detrás de su conversación. No escucho bien. Poco después, los jóvenes alcanzan a la pareja de mujeres gordas. La muchacha despeinada y legañosa saluda a la mujer de orejas abultadas y cara sin lavar. Le dice “Hola mamá”. Luego se quedan conversando seriamente. Y lo único que queda claro es que nunca sabré lo que es invertir en “eso” cinco años de tu vida ni tampoco qué es “eso” por lo que la muchacha no pudo dormir.

Eso. Eso. Eso.

El hombre culto en el retrete

La cultura es un milagro que separa a los seres humanos del resto de los animales: los hombres pueden leer en el retrete, las mascotas no. Un escultor belga llamado K. Kumèt quiso demostrar este obvio postulado encerrándose junto con su gato en una habitación transparente por el periodo de un mes, a la vista del público de un museo local. Durante treinta días, los asistentes observaron lo siguiente: K. Kumèt, que siguió una dieta rica en fibras y frutas, acudió al retrete treinta y dos veces; el gato, merced a su desordenado metabolismo, hizo lo propio en su caja de arena ciento setenta y dos veces. Las deposiciones se iban registrando en un tablero como anotaciones de un partido de básquetbol. Aunque no se trataba propiamente de una contienda «hombre vs. animal», parte del público celebró el aparente triunfo del gato.

Recién salido del encierro, K. Kumèt explicó la finalidad del experimento en una entrevista para la radio. Durante un mes, a razón de quince minutos por deposición, el artista logró leer cinco libros en el retrete: dos volúmenes de cuentos de Carver, la poesía completa de Aragon, un recetario de cocina francesa y el Apocalipsis. El gato, por supuesto, no leyó nada. «El retrete encierra un camino secreto hacia la cultura», añadió el artista antes de lanzarse a responder las preguntas del público. Muchos de los radioescuchas confesaron sin pudor ser ávidos lectores de inodoro.

Todo baño ofrece un paréntesis de soledad en un mundo superpoblado y cargado de estrés. Un breve momento de respiro al margen de las obligaciones. Destinar o no esos diez o quince minutos diarios al cultivo del espíritu puede establecer la diferencia entre un hombre culto y otro ignorante. En Bélgica –un país educado y patria de K. Kumèt – ocho de cada diez ciudadanos disfrutan leyendo mientras hacen sus necesidades. [Cable de la agencia DPA]. Las excusas sobran cuando alguien quiere superarse de verdad. «Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el retrete», recordaba el escritor Henry Miller.

Calculemos. Si se aprovechan las incursiones al baño desde temprana edad, un hombre cualquiera habrá acumulado al final de su vida ciento ochenta días de sana lectura –equivalentes a unos doscientos libros– y bien podrá considerarse un alma culta. Alguien preparado para tomar las riendas de su destino. Y, por qué no, listo para contradecir al jefe de vez en cuando.

Pero cuidado. No todos los libros están hechos para ser leídos en el retrete. Un volumen muy pesado (la Biblia) podría cansarte las manos o entumecerte las piernas. Un libro de encuadernación tosca, que no pueda permanecer abierto con facilidad, será muy incómodo para quien pretenda sostenerlo con una mano mientras con la otra, por ejemplo, se rasca una oreja. Una novela de capítulos extensos, sin pausas (como Cien años de soledad), retendrá al lector más allá del tiempo recomendable (pensemos en las hemorroides). Por el contrario, son muy convenientes los libros de poemas, los cuentos cortos, los aforismos y todo texto que se lea de principio a fin en pocos minutos. Allí están los haikus. Los diccionarios. Las revistas. Los libros de recetas. Los manuales de oración.

En los Estados Unidos, donde hay grandes lectores de retrete y donde se celebra en junio la National Bathroom Reading Week [Semana Nacional de la Lectura en el Baño], existe una editorial especializada en la materia: Uncle John’s Bathroom Reader sólo publica libros para leer en ese recinto. Son textos fáciles, de chistes y variedades, que pueden satisfacer a un lector poco demandante, pero no a quienes buscan un verdadero trago de cultura antes de jalar la cadena. Para ellos el novelista japonés Koji Suzuki (autor de The ring) publicó en el 2009 la primera novela impresa en un rollo de papel higiénico: Drop es un thriller pensado para ser leído y usado, capítulo a capítulo, en el retrete. Lamentablemente, aún no ha sido traducida al español. Snif.

Pero lejos del interés comercial que rodea la lectura de retrete, quizá los franceses han sabido hallar la recóndita conexión entre dos actividades en apariencia irreconciliables. «Entre el vientre que se alivia y el texto se instaura una relación profunda –escribió Georges Perec–, algo así como una intensa disponibilidad, una receptividad amplificada, una felicidad de lectura: un encuentro entre lo visceral y lo sensitivo».

Este blog está destinado –a quienes como Perec, Miller, mis sobrinos y yo–, no podemos entrar a le toilette sin llevar algo divertido que leer.

Audio

Posts

Una escuela donde lo que importa es no saber

En un tiempo en que todos creen saber algo sobre el futuro del mundo editorial, Escuela Cometa proclama su ignorancia.

Somos un cuaderno en blanco, y sabemos poco o nada sobre lo que vendrá.

Por eso estamos listos para aprender y lo haremos semana a semana hasta que nos graduemos como seres entusiastas,

Read More

CÓMO PELEAR EN NAVIDAD [TALLER DE REPORTAJES]

Los hombres tenemos una innegable tendencia a escuchar, ver y leer historias pero muchos periodistas aún desconfían del poder que estas encierran.

        El gerente de una franquicia de comida rápida lo descubrió en medio del tráfico diario de papas fritas y facturas propio de su oficio. Como cabeza de la empresa, solía enviar los reportes de ventas a los administradores de sus restaurantes para que estos pudieran tomar mejores decisiones. Preparaba cuadros, datos estadísticos, porcentajes y proyecciones muy completos, que los destinatarios recibían agradecidos aunque terminaban echándolos a la basura. Sólo un administrador de cada diez terminaba de leer esos informes. A los demás les parecían aburridos y no le encontraban el sentido práctico.

       Al darse cuenta del problema, el gerente consultó con una empresa llamada Narrative Science, que promueve el «uso» de historias en las compañías de Estados Unidos y guarda en secreto los nombres de sus clientes. Los asesores  recomendaron hacer más o menos lo mismo que ocurre en las buenas revistas: en lugar de enviar mamotretos de cifras a los administradores de sus locales, el gerente debía procesar esa información y convertirla en pequeñas historias sobre el funcionamiento de los mejores locales. Allí debía resaltar los aspectos que le parecieran más importantes, dar relevancia a las conductas de los empleados ejemplares y sugerir, de esa manera, los comportamientos a seguir por los demás.

        Ahora los administradores no sólo leen los reportes sino que ponen en práctica nuevas conductas. El gerente, por su parte, recuperó a sus lectores y estrechó lazos con ellos. La solución estaba en mejorar el contenido.

II

Muchos medios impresos se comportan como aquel administrador diligente en su primera etapa: producen mucha información que no le dice nada a sus lectores. Estos miran el puesto de periódicos y pasan de largo como quien evita un ruidoso mercado donde todos venden lo mismo: datos, datos, datos.

        Las cifras sobre el alza de los combustibles, el calentamiento del planeta y la crisis europea se amontonan en diarios y revistas como el esmog que nubla el cielo. Lejos de ayudarnos a entender la realidad, los datos nos asfixian y confunden.

        Los medios impresos olvidan que el lector que se acerca a un puesto de periódicos ya es un ser superinformado. Ha visto la televisión, escuchado la radio, navegado por internet o, simplemente, ha sentido el rumor de las calles, donde se mezclan todas las fuentes informativas más su propia imaginación y supersticiones. La información es el caos en estado puro y sólo produce más información.

        O desconcierto.

        Cuando el ciudadano abre un diario o revista, no espera prolongar ese desorden sino que alguien le explique lo que ya sabe. O lo que cree que sabe. O lo que sabe y simplemente no entiende. No busca que le repitan que los precios de los combustibles subieron, sino que le digan por qué se produjo el alza y quiénes son los personajes de esa historia. No necesita que le recuerden lo que ocurrió ayer sino que lo preparen para lo que sucederá mañana.

        Pero lo que parece un proceso tan lógico para el siglo XXI, en la práctica aún resulta una profecía propia de la ciencia ficción. Los medios impresos persisten en el trabajo de hacer lo mismo que la radio, la TV e internet con doce (y a veces veinticuatro) horas de retraso. El lector sobre informado abre estos periódicos, los hojea con rapidez y pocas veces los conserva. Los niños y adolescentes los miran como a artefactos de otra época. El lenguaje les parece hostil y los temas y fotografías, tan lejos de lo que se discute en las calles y en las redes sociales.

        Las ventas caen. Pero el problema no es el papel. Tampoco el medio. Ni la empresa. Ni el lector.

        El problema es el contenido.

        La solución siempre serán las historias. 

III

En la batalla por los lectores, Cometa pone sus apuestas en las crónicas.

        Hemos diseñado talleres para fomentar la publicación de historias y reportajes en las empresas que buscan mejorar su relación con la comunidad.

        Las historias periodísticas seducen, informan, explican, y también ayudan a vender más periódicos cuando los editores tienen la sensibilidad para descubrir lo que el lector necesita. Lo que le será útil.

        El diario La República, que se encuentra en pleno proceso de cambios después de un rediseño, contrató a Cometa para que 30 de sus redactores y fotógrafos participaran en un taller de reportajes.

        Como ocurre con las revistas, nuestros talleres tienen un temario sorpresa y un título de portada. El que realizamos en este diario se llamó «Cómo pelearse a puñetes en Navidad» y combinó la teoría periodística con la práctica pugilística (a partir de una historia inédita de Daniel Silva y Marco Avilés).

        Dimos un vistazo a las tendencias en el mundo del reportaje impreso y digital. Leímos reportajes modelo para analizar los procesos (tanto durante el reporteo como durante la escritura). Vimos fotorreportajes y documentales. Conocimos el sistema de trabajo de escritores y fotógrafos. Analizamos cada uno de los pasos propios del reportaje, desde la elaboración del presupuesto hasta la venta de la historia. Los participantes diseñaron proyectos que se discutieron en el taller. Al final de cada sesión, hubo café y bocaditos, y muchas historias increíbles volando por allí.

        Corre por cuenta de los asistentes ponerlas en papel para sus lectores.

***

Para más información sobre los talleres de Cometa:

-contacto@cometacomunicacion.com

-T. 242 - 4300

En National Geographic - Francia

La fotografía muestra a tres pescadores de la reserva Pacaya Samiria, en el Amazonas, cargando un paiche hembra de 148 kilos y 2.5 metros de longitud. Un monstruo hermoso que es capaz de alimentar a una comunidad de doscientas personas. La imagen es de Daniel Silva, director de Cometa, y acaba de ser publicada en la versión francesa de National Geographic, dentro de un informe especial sobre la Amazonía. 

La gran pesca anual del paiche es un evento extraordinario en el que Cometa tuvo el privilegio de participar. Durante quince días, los yacutaitas (padres del agua, en quechua), como se hacen llamar estos pescadores, persiguen paiches en estado natural, desde la mañana hasta la noche. Es un reconocimiento que les da el Estado por los años que debieron luchar para ahuyentar de la reserva a los pescadores ilegales que casi extinguieron al llamado rey del Amazonas. Cuando ellos llegaron, en 1994, sólo había cuatro bajo las aguas negras de la laguna El Dorado. Ahora, casi veinte años después, hay más de mil ejemplares.

La lucha entre el animal y los pescadores es prolongada y demanda mucha fuerza de ambas partes. Se necesitan al menos una docena de hombres para capturar a un solo paiche y, a veces, el desenlace puede tardar dos o tres días.

Este es el artículo de National Geographic, cuyos editores tuvieron la gentileza de adelantarnos en una versión pdf.

Las fotografías sobre la pesca del paiche han sido publicadas en revistas del Perú, Colombia, Chile y México. 

Una versión reducida de la historia puede verse en la web de la revista SoHo.

Los santos evangelios del boom

Con más de 600 páginas, la antología de crónica latinoamericana de Alfaguara se convierte en el primer evangelio del llamado “nuevo boom de la literatura latinoamericana”. Allí se puede leer el reportaje “El imperio de la inca”, que Marco Avilés, director de Cometa, escribió junto al cronista Daniel Titinger; entre decenas de historias y ensayos sobre el boom.

Para variar, el evangelio, en tanto material de propaganda, llega un poco tarde, pues muchos diarios y revistas del continente han cerrado las páginas de crónicas en medio de la crisis que los agobia. La crónica no es un género barato: demanda periodistas entrenados y ambiciosos, que trabajan mucho más aunque publican mucho menos. Una crónica es una pieza de investigación que, además, está bien escrita. Narra escenas adictivas. Pone en primer plano a los hermosos y malditos protagonistas de la realidad, ya sean políticos poderosos o deportistas del olimpo o mariposas de la farándula. La crónica cuenta la historia de la Humanidad, día a día, a través de hechos y protagonistas insólitos.

Lo curioso es que esa historia-crónica, a diferencia de lo que ocurría hasta hace unos años, ya no se puede leer en los grandes medios de comunicación. La crónica demanda inversión de dinero y de tiempo, y tiempo y dinero es lo que las empresas menos tienen. Durante la década pasada, los gerentes hicieron cálculos y proyecciones para remediar la estampida de lectores. Así, cerraron las unidades de investigación, despidieron o dejaron ir a los periodistas que sabían contar historias en profundidad, y diseñaron productos llenos de noticias de no más de 6 párrafos con la idea de que así recuperarían a sus consumidores. Sucedió en Lima como en Nueva York. En Buenos Aires como en Ciudad de México. 

Por eso, la crónica, el nuevo boom de la literatura, ocurre lejos de esos espacios. Ocurre en revistas de culto, militantes; en blogs; en portales electrónicos; en las nuevas editoriales online que, gracias a un nuevo modelo de negocio, empiezan a darle rentabilidad al periodismo narrativo. 

El libro editado por el poeta y narrador y ensayista colombiano Dario Jaramillo Agudelo es un evangelio tardío. Reúne textos de más de cuarenta autores que tienen entre treinta y cuarenta años (la mayoría) y están en plena actividad creativa. Muchos, lejos de los grandes medios. Esto dice Gabriela Wiener, una de las antologadas:

«De los “auges” de la crónica se encarga la prensa y no los cronistas. Llevamos años trabajando con la misma intensidad (la que nos permite la vida de periodistas y los escasos medios con los que puede trabajar un narrador de este tipo tratándose de un género muy caro y poco apoyado editorialmente) y de pronto tenemos picos de popularidad cuando a los medios les interesa hablar de algo distinto a, por ejemplo, las novelas, que son pocos momentos, y a las editoriales publicar colecciones o antologías. Este puede que sea un momento dulce en que coinciden la publicación de un par o más antologías del género en España y de algunos libros de autores de referencia en América Latina. Por otro lado, no hay que olvidar que sin las solitarias revistas de periodismo narrativo latinoamericanas que demandan crónicas, el género estaría muerto».  

Es posible que las futuras antologías del boom cuenten (entre líneas o en el prólogo) cómo los diarios y revistas más grandes enfrentaron la crisis que ahora los agobia. ¿Volverán a contratar y formar en sus redacciones a periodistas narrativos? ¿O seguirán alejándose del boom, es decir de los lectores?

***

Por cierto, el libro aún no llega a Lima a pesar de haberse publicado a mediados de febrero. Los 5 que tenemos en Cometa llegaron por cortesía de la editorial. Sin embargo, se consigue en formato electrónico. A perderle el miedo a la pantalla.

Nunca digas ayer - Taller para periodistas

“Nadie compra un diario para enterarse de lo que ocurrió ayer sino para prepararse para lo que ocurrirá mañana”.

Con ese lema, Cometa estrena su nuevo taller de escritura para periodistas de diarios. Empezamos en un medio de circulación nacional que quiere mejorar su relación con sus lectores. El taller durará 5 días y en él participarán redactores de todas las secciones. Nuestra propuesta es sencilla: publica más crónicas y venderás. Dale a tu lector historias que leer y te leerá.

Un diario no es tan diferente a un restaurante. Ambos trabajan para el placer de un cliente que paga para ser feliz. Así que, de plano, hay que mejorar la carta y ofrecer mejores historias de fondo: aquellas que te hacen sentir, que te explican cosas, que te hacen pensar.

La información pura y dura está en en la atmósfera que respiramos y es gratis como el aire: está en internet, en las redes sociales, en la radio, en la tele, en el celular. Qué alivio. Un diario es todo lo contrario: un lugar especial al que el lector llega buscando orden en el caos, explicación, ideas, sosiego. Si no encuentran nada de eso al abrir las páginas, qué pena, se irá y quizá no vuelva.

El siguiente es el fundamento del taller:


NUNCA ESCRIBAS AYER Y OTROS CONSEJOS PARA PERIODISTAS DE DIARIOS

Este es un taller para aprender a contar y escribir historias. Historias que los lectores puedan recordar cuando cierren el diario. Historias novedosas, que conmuevan, que hagan reír, que les enseñen a los personas algo que antes no sabían.

El periodismo escrito es un oficio indispensable para la sociedad, pero cada día que pasa genera más bostezos entre los lectores. Ocurre cuando los periodistas pierden de vista que sus textos tienen la compleja composición de los platillos de comida: además de alimentar, deben ser deliciosos. Los textos periodísticos, además de brindar información, deben ser entretenidos. El lector de diarios y revistas no es un procesador de datos sino un gourmet inquieto: cuando una historia no le sabe a nada, la deja de lado. En el peor de los casos, se forma una mala opinión del periódico y no lo recomienda. Tampoco vuelve a comprarlo.

En un mundo donde la información viaja velozmente a través de los medios electrónicos, la radio y la televisión, los periodistas de diarios deben asumir que sus lectores llegan a sus textos más informados que antes: la gente compra diarios no para saber qué sucedió ayer, sino para estar preparados para lo que ocurrirá mañana.

Los periodistas de diarios y revistas, más que nunca, deben asumir que su papel no consiste en informar sino en explicarles a sus lectores la realidad. Para ello, importa que se conviertan en narradores de la historia diaria.

Escribir de manera entretenida y saber contar una historia no es un privilegio de los columnistas. Es una obligación para todo periodista que desee conservar a su público y, por tanto, su empleo.

Este taller pondrá al alcance de los participantes diversas herramientas para escribir textos entretenidos para las diferentes secciones de un diario, y planteará algunas ideas sobre cómo el periodista (con su modesto trabajo de reportero del día a día) puede acercar nuevamente el diario a la comunidad.

En la bienal de fotografía

La Bienal de Fotografía de Lima ofrece estos días un maratón de inauguraciones con brindis donde, entre otras cosas, es imposible ver las fotografías expuestas. Hay mucha gente brindando y eso no siempre es algo bueno para las fotografías aunque sí para saludar a los viejos amigos. Así que es preciso volver a las salas cualquier otro día para poder disfrutar en silencio de las imágenes, que es de lo que se trata al final de cuentas una exposición. Cometa participa en la muestra Sujeto de Derecho, organizada por el diario El Comercio en la Casa Rímac (en el centro de Lima, al lado del Ministerio de Economía). Entre las catorce historias fotográficas, está (no) Contactados, de Daniel Silva, quien hizo una edición especial del reportaje presentado en la primera edición del periódico Cometa. Los textos de cada una de las historias de la muestra fueron investigados y escritos por nuestro equipo. El catálogo es una pieza de colección diseñada en papel periódico, a manera de suplemento, por el equipo de El Comercio y editada por Mayu Mohanna, la curadora de la muestra. Una vista rápida de la publicación:

Aquí una visita fugaz a la sala de exposición, según la web de El Comercio.

La muestra va hasta junio. No olviden recoger un catálogo.

Vacaciones sin retorno

Etiqueta Negra no es una revista. Es una comunidad de seguidores, autores, editores y, sobre todo, ritos. El principal de ellos es el lanzamiento de una edición. Con cada número, la comunidad Etiqueta Negra crece y se perpetúa a sí misma como un refugio de historias. Los editores de Cometa fuimos invitados como seres alienígenas a oficiar ese ritual. Hicimos la edición # 101, que acaba de salir a la venta. 

La portada es de la diseñadora e ilustradora Gigi Salas Lúcar, que trabajó a partir del siguiente boceto:

El número va sobre las vacaciones. Para nosotros, las perfectas son las vacaciones sin retorno, las que se prolongan peligrosamente hasta que la idea de volver pierde el sentido. Desde algún punto de ese lugar con sol, participaron en esta aventura los siguientes escritores:

Jaime Bedoya sobre la apacible ola de Cerro Azul, esa playa peruana sobre la que cantaban los Beach Boys sin haberla conocido. Paola Ugaz sobre el día en que casi deportan a Mario Vargas Llosa cuando iba a conocer las Cataratas del Niágara. Michelle Borda sobre su luna de miel Lima-Asunción-Lima a bordo de un mototaxi. Hugh Thomson sobre la pertinencia de salvarse del fin del mundo en un crucero de lujo. Desmond Morris sobre las tribus de los fans que van a conciertos. Marco Avilés, con fotografías de Daniel Silva, sobre la pesca de deliciosos peces prehistóricos en el Amazonas. Fritz Berger Ch. y un consejo para ser un surfista incluso si no se tiene una tabla de surf. En calidad de bonus track, María Jesús Zevallos escribe sobre una comedora compulsiva atrapada en Lima, una ciudad adicta a hablar de comida.

La edición tiene dos portafolios fotográficos. El primero es de Antonio Escalante. Es una exploración sobre ese “Mundo intermedio” que existe entre el aire y el mar, el borde, la frontera donde los seres más diversos transitan de un lado al otro, en calma. El segundo portafolio es del fotógrafo keniano James Mollison, quien durante meses retrató a las tribus de fanáticos que van a los conciertos. Al final, encontró que un fan no siempre busca parecerse a su ídolo sino al grupo, es decir, a otros fans.

La edición se ve, en resumen, así:

El ilustrador Víctor Aguilar trabajó la historia de Hugh Thomson sobre el crucero de lujo.

El pintor José Luis Carranza, como en los viejos tiempos, se encargó de darle vida al gurú de la autoayuda Fritz Berger Ch.

Y con esta joyita les decimos a los editores de Etiqueta Negra: fue un placer.

Marco Avilés y Daniel Silva

DANIEL SILVA: nueva web, más historias

Después de semanas de trabajo de edición, Daniel Silva relanza su página web con nuevas historias inéditas. “Los últimos señores del mar” es una inmersión literal en el mundo de los pescadores artesanales de Huanchaco, aquel famoso balneario frente al mar de Trujillo. Mercedes Huamanchumo, uno de los protagonistas del reportaje, es un artista de la totora, una fibra larga y dócil con la que los hombres han construido sus naves durante miles de años. Daniel Silva, uno de los directores de Cometa, convivió con esos pescadores durante un año. Al terminar la historia dejó bien encargado el caballito con el que tomó estas fotografías.

Chico Shigeta no sólo es la masajista oficial de Sofia Coppolla, John Galliano o Isabelle Adjani. Es una mujer que cree en el papel terapéutico de las palabras. “En Japón se dice que las palabras, al salir de tu boca, se transforman en seres vivos”, le dice a Marie Vendeuvre, durante una entrevista para Bathroom Weekly. “La palabra sale y camina sola”, añade. Luego da instrucciones cálidas para un lifting casero. Bathroom Weekly, por cierto, ya se puede leer en español.

Y no es sólo para mujeres.

¿Una escuela de estimulación editorial? La idea rondaba la Casa Cometa desde hace varias semanas. ¿Por qué no abrir un taller para contagiar nuestro optimismo sobre las historias? Y listo. Ya está. Sesionamos cada semana con profesores itinerantes que, durante dos horas, nos cuentan qué hacen, por qué lo hacen y cómo hacen lo que hacen. La clase está compuesta por todos los integrantes y colaboradores de Cometa. El resto del mundo puede seguir semana a semana el blog donde colgamos un resumen de las charlas. El espíritu Cometa trata a fin de cuentas sobre la educación. Nos educamos nosotros editores y, a la vez, educamos a los lectores. Bienvenidos.

Cometa en Esquire México

La edición mexicana de Esquire publicó una versión del reportaje “La gran pesca anual del paiche” en su edición de diciembre 2011. El artículo surca las páginas de aquí y de allá. SoHo Colombia también publicó una versión resumida. Le llamó “Un monstruo para chuparse los dedos”. La revista Etiqueta Negra publicará el texto en su número de verano bajo el título: “Se busca un pez carnívoro con pulmones y prehistoria”. Esta edición, la 101 de la revista de crónicas, ha sido cocinada a fuego lento por Cometa. Aquí un slideshow de la edición mexicana:

.

Fútbol que se lee: revista Panenka

La edición Número 4 de la revista Panenka (El fútbol que se lee) dedica un espacio a la historia “Las bombarderas de los Andes”, uno de los primeros reportajes de Cometa. Se trata de una versión ultra resumida de la clásica historia de las mujeres futbolistas de Churubamba, Cusco. Panenka es una nueva publicación editada en España y está dedicada al fútbol, sobre todo, pero también a las buenas historias.

En su lista de 11 principios, los editores de esta revista dicen: “A ‘Panenka’ le gustan las historias de fútbol sin espacio en los medios mainstream: historias de seres humanos que ganan y pierden. Sobre todo, que pierden”. El punto 9 nos emociona de manera especial: “Libertad absoluta: de firmas, de temas, de géneros periodísticos y de extensión. “Panenka” no entiende de limitaciones ni (auto) censuras”.

Se trata de otro medio de comunicación nuevo que se abre paso a empujones con una propuesta clásica: buenas historias para ver y leer. Por ahora, van anotando 5 goles. Aquí un slideshow con la historia de Daniel Silva y Marco Avilés según los amigos de Panenka.

.

¿QUÉ DEMONIOS ES COMETA?

Quienes abren por primera vez el Periódico Cometa # 1 se sorprenden por su tamaño inusual. Parece un diario apropiado para gigantes de tres metros, le dijo un lector a uno de los repartidores que le dejó un ejemplar en su casa.

Las páginas como sábanas impresas hacen aflorar intenciones inéditas: ¿Se puede enmarcar para colgar en la pared? Sí. Los lectores pueden experimentar con sus páginas con la total seguridad de que este periódico no perderá su valor al día siguiente de efectuada la compra. De hecho, su valor aumentará con el paso del tiempo. Es un producto único. La segunda edición, que saldrá en tres meses, tendrá otro formato. Otro tipo de contenidos (o ningún contenido). Encerrará una nueva sorpresa. 

Por ahora, el primer número contiene un solo reportaje en 78 páginas y más de 30 fotografías. Es la historia de un hombre que a los 40 años (más o menos: él no sabe su edad) sólo ha visto a una mujer: su madre. Él es un cazador en la selva profunda del Cusco, en una región donde viven familias y clanes aislados de la civilización occidental. Evitan el contacto por temor a contraer enfermedades o por el mal recuerdo de los sangrientas experiencias del pasado, cuando los caucheros los perseguían para esclavizarlos; algunos se esconden porque creen que esos enemigos aún rondan cerca de sus refugios.

El cazador de esta historia vivía aislado hasta que su padre, antes de morir, le dijo que debía buscarse una mujer. Tener una familia. Sólo multiplicándose podría defenderse de los posibles enemigos. Porque el mundo, para ellos, está lleno de hostilidad.

Ahora, en esa región donde se refugiaron, se extrae gas natural para las ciudades e industrias. Es el llamado Lote 88 de Camisea del que todos hablan: políticos, periodistas, empresarios. Pero nadie menciona a sus habitantes. Hasta parece que no existen. No tienen apellidos. Mucho menos DNI. ¿Qué ocurrirá con ellos en la era del gas? ¿Volverán a huir de nuestra civilización? ¿Encontrará ese cazador a una mujer?

Cometa # 1 tiene un tamaño apropiado para que esas personas invisibles ahora sean muy visibles. Ellos son parte de este país aunque no tengan documentos. También viven en el siglo XXI aunque sigan haciendo fuego frotando ramitas secas. Son los Nómades del Lote 88 de Camisea. Ha llegado el momento de conocerlos.

QUÉ DEMONIOS ES COMETA / PARTE 2

Cometa es un periódico. También una empresa editorial. Trabajamos para darle valor al papel. El siguiente manifiesto es mucho más que un manifiesto de principios. Es una declaración de guerra contra el aburrimiento, el pesimismo y la confusión que secuestra a muchos lectores y editores. No hay que temerle al futuro, camaradas. Los periódicos, las revistas y los libros jamás desaparecerán.

Cometa # 1. Página uno. Editorial 1.

1.

Crecí escuchando todo tipo de historias sobre mi abuelo Leopoldo Hurtado, que enterró su fabulosa biblioteca de libros de tapas de cuero. Tenía una hacienda inmensa con una capilla, un ruedo de toros y, según las costumbres de esos años, también era dueño de todos los hombres que habitaban sus tierras. Eran cientos. Se les llamaba cholos o indios y eran agricultores. Un día ese mundo terminó: el Gobierno militar decidió que los campesinos serían en adelante dueños de la tierra que trabajaban. La llamada Reforma Agraria quiso trasladar al país del mundo feudal en que vivía al siglo XX. Los hacendados tuvieron que dejar sus propiedades. Algunos intentaron defenderlas como Quijotes que luchan por un imposible. Mi abuelo no fue de esos. Era un hombre culto. Asumió su destino, pero hizo una pequeña trampa: antes de abandonar su hacienda, abrió un hoyo inmenso y depositó allí los cientos o acaso miles de libros de su biblioteca, incluyendo volúmenes que seguramente habían pasado de generación en generación, y luego cubrió su tesoro con tierra. Tomó a su esposa, sus cuatro hijas y nunca más volvió. La biblioteca sigue enterrada y ha ocurrido con ella lo que los gusanos y la humedad han querido hacerle. Eso me contó mi padre, que después de casarse con mi madre acogió a su suegro, el abuelo Leopoldo, durante un tiempo.

Parece una fantasía. Una improbable leyenda familiar. Pero no es así. Hace unas semanas mi tía Yoni, la hija menor de mi abuelo, me contó que antes de dejar la hacienda ella logró salvar dos de los libros de aquella biblioteca, y ha pasado los últimos cuarenta años conservándolos como reliquias. Entonces los extrajo de un armario y me los mostró. Parecían dos ladrillos de arcilla. Uno de ellos se llama Recreación Filosófica o Diálogo sobre la Filosofía Racional para Instrucción de Personas Curiosas que no Frecuentaron las Aulas, fue impreso en 1787, cuando el Perú era parte del imperio español. El otro contiene los Salmos y no tiene fecha, pero luce igual de antiguo y apolillado. Es un fragmento que mi abuelo no logró enterrar y que ahora yo conservo con la ilusión de encontrar (o no) esa biblioteca y escribir la historia. Por ahora sólo conservo una imagen del abuelo Leopoldo Hurtado. Yo tenía menos de dos años. Era una mañana soleada y él leía el diario en el patio, a la sombra de unos árboles. Corrí hacia él y le arrebaté el periódico. Lo tiré al suelo y me escondí para verlo renegar.

Ahora me gustaría disculparme por esa travesura infantil devolviéndole este periódico para enriquecer su colección, esté donde esté.

2. 

Cometa nace cuando el mundo vive una increíble revolución editorial. Los grandes medios impresos y las editoriales del siglo XX sufren, ajustan sus presupuestos, reducen personal, cierran oficinas. No terminan de adaptarse al nuevo siglo y, en sus redacciones y oficinas, algunos editores y especialistas alimentan el mito de que la crisis se debe a que la gente ya no lee. Mientras esto ocurre con las grandes compañías ‒en Lima como en Nueva York, en Buenos Aires como en Madrid‒ cientos de nuevas editoriales independientes se multiplican por todo el planeta con la certeza de que la gente sí lee. Por supuesto, no leemos de la misma manera que en el siglo pasado.

El tiempo pasa. Las cosas cambian. Los lectores también. Para empezar, leemos en papel, pero también en las computadoras, en las tabletas electrónicas, en el teléfono celular. Las primeras víctimas de este escenario de cruenta competencia fueron los diarios. Los lectores los comparan con los portales de Internet que se actualizan minuto a minuto y descubren algo extraño: las novedades impresas tienen veinticuatro horas de antigüedad y, debido a la crisis financiera, no son ni grandes reportajes ni investigaciones reveladoras. Los medios en crisis ya no tienen presupuesto para tanto. ¿Encima hay que pagar por esto?, se preguntan los lectores. Con justa razón deciden no comprar y aventurarse a las aguas de Internet, tan llenas de blogs, de creatividad universal, de revistas digitales que se descargan gratis con un clic.

La crisis trae consigo un nuevo modelo de empresa: las nuevas editoriales renuncian de manera racional a ese rasgo tan típico y fastuoso de sus antepasadas del siglo XX: la infraestructura; es decir, edificios grandes, oficinas decoradas al detalle, alfombras inútiles, etcétera. Por el contrario, prefieren apostar por lo que realmente es útil para los lectores: buenos contenidos, buenas historias, buenas fotografías, grandes colaboradores, honorarios decentes. Ya no interesa si un periódico o una revista son hechos por dos editores en un café y veinte colaboradores online en veinte lugares distintos de la ciudad o del planeta.

Lo único que importa son las historias.

Un periódico no es un edificio honorable, como sucedía a menudo con las empresas del siglo pasado.

Un periódico es una suma de autores que trabajan para que el lector vea las estrellas. Es una metáfora que nos gusta. Levanta, lector, la cabeza. Este periódico que vuela por allí se llama Cometa.

‒Marco Avilés. Verano de 2012

UN PERIÓDICO PARA COLGAR EN LA PARED

Los pueblos aislados de la selva amazónica existen. Cazan con flechas. Encienden el fuego frotando ramas secas. No tienen apellidos. No votan. Algunos políticos dicen que son un mito. Pero muchos viven en el Lote 88 de Camisea, de donde se extrae el gas para las ciudades. “Cometa. Periódico trimestral” acaba salir de imprenta con la historia de una familia que no buscaba el contacto con el exterior. ¿Qué ocurrirá con ellos ahora que nuestra civilización los encontró?

Cometa pronto estará de venta en librerías. Mientras tanto, usted puede comprar los primeros ejemplares directamente en su domicilio. Haga su pedido al (511) 242-4300 o escríbanos a: contacto@cometacomunicacion.com

El envío en Lima no tiene costo adicional. El pago se hace contra entrega. En provincias, sólo se recarga el monto del correo.

La edición es de lujo: tapas de cartón, 80 páginas de papel bond a todo color, y un formato gigante: 50 centímetros de alto x 70 centímetros de ancho a página abierta. Casi del mismo tamaño de un televisor de 42 pulgadas.

Ideal para colgar en la pared. Útil para conocer el drama de los pueblos aislados de la Amazonía.

Esmaltes en el refrigerador

Beatrice es la autora del blog Fressine.com y una verdadera maniática del maquillaje. Guarda su colección de esmaltes junto con la mantequilla, en el refrigerador de su departamento de París. Los cambia cada tres días. Usa entre quince y veinte colores diferentes. Marie Vendeuvre, que pasará esta Navidad en su país, nos envía desde allí la última entrevista que ha escrito para Bathroom Weekly.

Beatrice pasa horas ante el espejo, en las tiendas, hojeando revistas. Luego explica sus descubrimientos con la hondura de una geógrafa del rostro: “Durante años he utilizado el mismo tipo look de maquillaje, aprendí con el tiempo que no estaba de acuerdo a la morfología de mi rostro. Tenía la costumbre de dibujar todo el contorno del ojo con un lápiz de color negro lo que hacía que el ojo se vea muy chiquito. Uso lentes y este estilo de maquillaje no ponía en valor mis ojos”. Los ojos de Beatrice saben sonreír. 

La historia completa en Bathroom Weekly. En español. 

Maldito César Moro

Maldito. La Universidad Diego Portales de Chile ha publicado las historias de 17 poetas malditos de Latinoamérica. La del peruano César Moro va por cuenta de Marco Avilés, editor de Cometa, y ha sido reseñada en el diario La Tercera. Queda para los especialistas la definición del término. ¿Maldito?

Un poeta maldito puede ser aquel hombre que duerme en la calle, a las afueras de un bar, mientras los eruditos de todo el mundo estudian sus libros. Aquel profesor de escuela flaquito y amanerado al que los alumnos escupen por la espalda porque no saben nada de la vida aún. O el paciente de manicomio que escribe en papelitos los textos que medio siglo después se leerán en las escuelas. Ser maldito es morirse de a pocos, suicidarse de pronto, dejarse morir a plazos y, contra todo pronóstico, dejar una obra que vivirá largo tiempo para recordarnos a su autor.

Un saludo cordial y agradecido a la editora del libro, Leila Guerriero. De lujo.

Desde las alturas donde volamos, el mundo se ve como un libro abierto.

No importa dónde.

No importa cuándo.

Buscar una historia es un reto que nos hace felices.

‒Atentamente, la tripulación [desde algún lugar del Amazonas]

Sifuriana tiene casi setenta años pero parece de cincuenta. Nunca ha usado cremas para el rostro ni shampoo. Sólo agua para la cara y cenizas para el cabello. Ella es dueña de una tienda de tejidos en La Jalca, un pueblo de los Andes que mira directamente a las nubes. Hay algo parecido a la eterna juventud en el lugar. Marie Vendeuvre comparte el secreto con su comunidad de seguidores.

Proyecto Cometa en marcha.

Tema: producción y gastronomía.

Audio

  • ¿Cómo suena el amanecer en la selva amazónica? Reserva Nacional Pacaya Samiria. Loreto. Perú. Viernes 30 de setiembre del 2011. 5.30 de la mañana. © Fotografía y audio: Cometa
    101 plays

Updates

abcdefghijklmnopqrstuvwxyz abcdefghijklmnopqrstuvwxyz